La solitudine cumple tres décadas y media y sigue dividiendo a los oyentes
Hay una paradoja que se repite cada vez que alguien pone sobre la mesa el canon de la música popular italiana.
La solitudine, el tema con el que Laura Pausini ganó el Festival de Sanremo en 1993 con 18 años, es para una parte del público una pieza redonda, con un estribillo final que muchos consideran insuperable. Para otra, es solo pop adolescente elevado a categoría por nostalgia. La discusión no es nueva, pero sigue viva: el debate sobre si una canción de ese registro puede ser «la mejor de la historia de Italia» vuelve cada vez que se reivindica a la cantante de Solarolo.
El punto de partida es una tesis incómoda: si ese mismo tema lo hubiera firmado una estrella anglosajona, sostiene una corriente de opinión, hoy sería un himno global. La condición italiana de su intérprete habría limitado su alcance internacional. Es una hipótesis contrafactual, no un dato, pero explica por qué la conversación deriva siempre hacia lo mismo: el peso del mercado anglosajón frente al europeo continental.
Laura Pausini, una carrera construida fuera del circuito anglosajón
Pausini no es un caso aislado. Su carrera se ha desarrollado casi por completo en italiano y español, con incursiones puntuales en el mercado anglosajón que nunca fueron el eje de su estrategia. Eso la ha convertido en una figura enorme en Europa y Latinoamérica y en una desconocida relativa en Estados Unidos y Reino Unido. La asimetría es real y medible en términos de giras y presencia mediática, aunque no en ventas totales.
El reproche que se le hace desde ciertos sectores es haber elegido el pop comercial en lugar del cantautorado.
Si se hubiera inclinado más a un estilo de autor, sostiene una parte del público, su calidad musical habría sido aún mayor. Es una crítica que ignora un detalle: la calidad vocal de Pausini está fuera de discusión incluso entre quienes no soportan su repertorio. La voz, dicen, le sobra.
Mina, Battisti y el resto del canon: la competencia es feroz
El problema de declarar La solitudine la mejor canción italiana es que el resto del canon no se queda quieto.
Mina, con 84 años, sigue publicando casi un disco por año desde su retiro en Lugano, sin conciertos ni vida pública. Su voz es, para muchos, el techo absoluto de la música popular italiana.
Lucio Battisti aparece siempre en la conversación, igual que
Franco Battiato y su centro de gravedad.
La lista de nombres que se cruzan en esta discusión es larga: Pupo, Sandro Giacobbe, I Pooh, Albano, Vasco Rossi con Liberi Liberi, Gigliola Cinquetti ganando Eurovisión con 17 años. Cada uno tiene su defensa. El resultado es que la afirmación inicial —La solitudine como cima absoluta— se sostiene más como preferencia personal que como consenso.
El estribillo final como argumento técnico
Hay un argumento que trasciende el gusto: la estructura de La solitudine. Los últimos dos minutos, con ese estribillo que sube y se repite, funcionan como un crescendo poco habitual en el pop de los noventa. Quien defiende el tema se apoya en esa construcción, no en la letra. Es un argumento técnico, verificable, y por eso resiste mejor que la nostalgia.
La anécdota personal también pesa. Escuchar ese estribillo por la radio mientras se cruza la plaza mayor de Bolonia bajo la lluvia es el tipo de memoria que convierte una canción en algo más que una canción. Eso no se discute con datos.
Qué pasa cuando el canon lo escriben los anglosajones
La discusión deriva inevitablemente hacia una cuestión estructural: quién escribe el canon. La música italiana ha producido una cantidad enorme de material que nunca cruzó el Atlántico con la fuerza que merecía. El caso de Pausini es el ejemplo más visible, pero no el único. La pregunta que queda abierta es si el reconocimiento global es una medida válida de calidad o solo de poder de mercado.
Con estos mimbres, la disputa no se cierra. La solitudine seguirá siendo para unos el mejor tema italiano de la historia y para otros un buen pop con un estribillo memorable. Lo que no admite discusión es que la conversación sobre el canon italiano sigue monopolizada por una pregunta que nadie responde del todo: ¿quién decide qué es lo mejor?