Debate sobre presión fiscal: «el 47% se queda corto»
Un contribuyente con nómina alta mira el mapa europeo de presión fiscal y respira: España aparece en la zona media, muy por debajo de Dinamarca o Suecia. Luego abre la nómina, resta el IRPF, el IVA de la compra, el IBI del piso y la cuota de autónomos del vecino, y la sonrisa se le hiela. El tipo nominal dice una cosa; el dinero que sale del bolsillo dice otra. La discusión sobre el
mapa del expolio tributario por países arranca precisamente de ahí: de la distancia entre la estadística oficial y la caja real.
Qué mide realmente el tipo máximo del IRPF
El gráfico que compara tipos nominales es, para buena parte del análisis, una trampa óptica. Un tipo máximo del 47% en España y otro similar en Reino Unido parecen lo mismo sobre el papel, pero no lo son. En España ese tramo se activa a partir de unos 60.000 euros; en Reino Unido, a partir de 300.000. Resultado: un asalariado con ingresos altos paga bastante menos en el país británico, y eso no aparece en el mapa.
La comparación se complica cuando se baja al detalle. Hay países con tipos aparentemente altísimos —los nórdicos, Austria— donde los escalones más agresivos solo alcanzan a rentas muy altas, por encima de 250.000 o 300.000 euros. La variable que de verdad refleja el peso sobre la población es el
esfuerzo fiscal, no el tipo nominal, y en esa España aparece a la cabeza de las grandes economías comparables.
El cálculo que desmonta el relato del 47%
Aquí llega el dato incómodo. Un cálculo que circula en el análisis sostiene que la imposición real al trabajo arranca en torno al 38% para los salarios más bajos, ronda el 50% para el salario más habitual y alcanza el 65% para rentas de unos 70.000 euros. Y eso sin contar el IVA del 21% sobre lo que queda, ni transmisiones patrimoniales, actos jurídicos documentados, impuestos especiales y demás.
La suma no termina ahí. Quien repasa la cadena completa —cotizaciones sociales, IVA, IBI, sucesiones, impuestos ya incorporados al precio de cada producto por la vía de la producción y el transporte— sostiene que el porcentaje se va por encima del 60%, y en algunos escenarios cerca del 70%. El desglose partida a partida da una diferencia que sorprende incluso a quien ya contaba con lo peor.
Por qué Suiza paga menos de lo que dice el mapa
El caso suizo rompe todos los esquemas. Un residente con cuatro décadas de declaraciones asegura que nunca ha pagado más del 12% o 14% de su ingreso neto, muy lejos del 40% que le atribuye la estadística. La clave está en la maraña de deducciones: gastos de salud y dentista, gimnasio, ordenador, transporte, ropa de trabajo, aportaciones a la pensión, mantenimiento de cuentas en el extranjero, IBI, comunidad, agua y basuras de una segunda residencia en España.
Las plusvalías por venta de acciones no tributan, los dividendos se recuperan en buena parte y los premios de juegos de azar siguen el mismo camino. La contrapartida es un sistema sanitario privado y obligatorio, con primas que van de unos 250 a más de 1.000 francos al mes según edad y cobertura, aunque con franquicias y coberturas mundiales que muchos consideran razonables.
El otro mapa: corrupción frente a impuestos
La comparación se vuelve más útil cuando se cruza con el índice de percepción de la corrupción. Finlandia y Dinamarca tienen impuestos altos y gobiernos que funcionan; el este de Europa tiene impuestos bajos y corrupción elevada. En ese cruce, los países peor parados son España e Italia: niveles impositivos altos con percepciones de corrupción medias. El argumento no es que se pague mucho, sino que se paga mucho y se recibe poco.
Carreteras, universidades y el destino del dinero
El destino de la recaudación alimenta otra línea de crítica. Los impuestos sobre carburantes, matriculación y circulación superan los 15.000 millones anuales, mientras el mantenimiento y construcción de carreteras nacionales, autonómicas y comarcales ronda los 3.000 millones. La pregunta de adónde va el 80% restante se responde con una palabra: pensiones. El déficit del sistema ya es estructural.
En paralelo, las tasas universitarias públicas españolas están entre las más caras de Europa en términos de poder adquisitivo, mientras Alemania y Francia mantienen precios simbólicos o gratuitos. La convergencia europea, en esto, brilla por su ausencia.
El diezmo medieval como referencia
La comparación histórica cierra el círculo con sorna. Los señoríos medievales cobraban el diezmo, un 10%. Cualquier contribuyente que sume IRPF, IVA, IBI, cotizaciones y demás gravámenes indirectos supera esa cifra varias veces. La pregunta ya no es cuánto se paga, sino cuánto queda fuera del recibo oficial.
Con estos diferenciales, la conclusión del análisis es incómoda: la cifra del 47% no describe lo que sale del bolsillo. Describe solo una parte de lo que el Estado reconoce cobrar.