Canadá: ciudades de postal que se apagan en enero
Vancouver, Halifax, San Juan de Terranova y Quebec caben en cuatro pestañas de Street View y provocan la misma reacción: asombro. Centros históricos cuidados, ríos enormes, verde hasta el horizonte y barrios enteros de viviendas unifamiliares que parecen salidos de un catálogo. El entusiasmo con las
ciudades canadienses es difícil de discutir. La discrepancia llega cuando alguien pide la misma foto, pero del 15 de enero.
El 15 de enero que no sale en las postales
La primera objeción no es económica, es térmica. Quien ha vivido en esas latitudes avisa de que la nieve y el frío resultan gratos quince días y después se convierten en una condena que sólo se rompe en abril. Hay relatos de
veranos a 15 grados e inviernos a 50 bajo cero, de coches que duermen con el motor encendido para arrancar por la mañana y de una oscuridad que aplasta a media tarde. No es una exageración de sobremesa: hay quien describe doce meses de cielo gris y lluvia con la sensación de tener las nubes a diez centímetros de la cabeza.
En el otro platillo de la balanza aparece España. Una parte sostiene que aquí se muere de calor tres meses y allí once, y que el
verdadero paso de estaciones del centro de Europa —octubre con nieblas, noviembre con hojas cayendo— es un lujo que no se paga con dinero. Otra corriente responde con el termómetro doméstico:
32 grados dentro de casa a las dos de la mañana y cincuenta a mediodía, con un aire húmedo que no deja pensar. El gusto por el frío o por el calor funciona aquí como línea divisoria de aguas, sin término medio.
Cuánto cuesta la casa unifamiliar perfectita
El segundo golpe llega en la cuenta corriente. La imagen de barrios impecables choca con un detalle que aparece pronto:
hay quien no puede pagar 500.000 por una casa por mucho que esa casa salga en televisión. A eso se suma la presión fiscal, con críticas al impuesto al carbono, a nuevos gravámenes sobre carburantes y al coste del plan público de pensiones. Una parte de los mensajes atribuye el deterioro económico al primer ministro Justin Trudeau y sostiene que la situación mejorará cuando gane la oposición, con dos años por delante hasta las siguientes elecciones.
El paisaje urbano también se discute. Para unos, el modelo de casco urbano extendido en casas individuales es un
engendro que devora territorio y multiplica infraestructuras; el contrapunto defiende bloques con viviendas de
120 metros habitables y balcones de 25 metros dentro de la ciudad y deja la casa aislada para quien busque vida tranquila en el campo. Es el viejo pleito entre densidad y suburbio, con Canadá como ejemplo extremo.
¿Qué ciudades canadienses se salvan?
Poco, según las experiencias más duras. Quebec y Montreal pasan el filtro, Vancouver también, y prácticamente nada más. Toronto también se queda fuera o casi según esas voces. Calgary, en el Stampede del año 2000, se describe como una ciudad sin más, con centro de edificios altos, y se recuerda que casi todo el servicio de un hotel eran trabajadores chilenos. Las cataratas del Niágara se despachan como un timo de mucho cuidado, y se añade que la cola del caballo de Ordesa es más bonita. Lo que sí sobrevive al escrutinio es la naturaleza:
Banff, Lake Louise y las Rocosas aparecen como lo único verdaderamente irrepetible del país.
Aburrimiento, distancias y clima social
El tercer frente es el de la vida cotidiana. Se describe un país enorme, vacío y con distancias que convierten cualquier plan en una expedición, una vida social escasa y un tono general de aburrimiento que empuja a marcharse. Quien trabajó para una empresa de Ontario recuerda reuniones remotas donde el reporte del fin de semana servía para confraternizar, porque no había mucho más. A la queja climática se añade la política: unos hablan de un país
extremadamente woke y otros sostienen que ciertos barrios se han degradado por la llegada de población migrante. Esa última afirmación circula como opinión, sin datos que la respalden.
El cierre de la discusión no está en los datos, está en el termómetro. Con la naturaleza y la arquitectura fuera de duda, el análisis se atasca en una pregunta que nadie resuelve: cuánto frío, cuánta distancia y cuántos
impuestos está dispuesto a pagar alguien por vivir en una postal.