Media vida votando IU y ahora le llaman reaccionario
¿Cómo se pasa de votar
Izquierda Unida durante media vida a que te cuelguen la etiqueta de reaccionario por hablar de salarios? El relato que abre esta discusión es el de un votante histórico que se declara huérfano de la izquierda que le enseñó a creer en la justicia social. Su tesis, expuesta con detalle: la formación ha cambiado al obrero por el funcionario y el programa económico por una agenda de causas que no caben en la cesta de la compra. Y en el fondo del asunto late lo que más incomoda:
sueldos bajos, vivienda inalcanzable y la sospecha de que el que se queja es el que sobra.
¿Por qué los votantes de izquierda dicen sentirse llamados reaccionarios?
El diagnóstico se repite en varias intervenciones: quien pone en duda el nuevo temario —lo que llaman
catecismo woke de la Agenda 2030— no recibe un contraargumento, recibe un sambenito. La secuencia descrita es siempre la misma: discrepas sobre prioridades y automáticamente te sitúan en la extrema derecha. Quien lo sostiene añade que esto choca con la propia tradición de la izquierda, que se definía por el debate interno y la libertad de pensamiento.
Hay una versión más incómoda de esa queja. Una parte de los mensajes sostiene que la etiqueta de «facha» funciona por agotamiento: ya no discute, solo descalifica. Otra corriente, sin embargo, responde que quien vota hoy a determinadas opciones de ultraderecha no está siendo víctima de ninguna censura, sino que asume una deriva propia.
De la izquierda obrera a la izquierda de funcionarios y pensionistas
Aquí el análisis se vuelve económico. La idea que más se repite: la base electoral del espacio ha mutado del trabajador de fábrica al empleado público y al jubilado, colectivos con interés directo en un Estado que reparte y con menor exposición a la precariedad. El dato que un interviniente lanza como munición es contundente:
9 millones de pensionistas frente a 17 millones de trabajadores del sector privado, con una pensión media que, según esa misma afirmación, supera a la del que cotiza. Con esas cifras sobre la mesa, la conclusión que extraen es que el discurso proteccionista ya no protege al que produce, sino al que cobra.
La objeción llega desde otro flanco: la globalización y la desindustrialización no son un invento reciente de la izquierda, sino una dinámica que arrasó a todo Occidente y que ejecutaron gobiernos de distinto signo. Las reformas laborales de los noventa —la legalización de las ETT es el ejemplo que se cita— y la burbuja inmobiliaria se atribuyen por igual al PSOE y al PP, ambos siguiendo consignas de Bruselas.
Franco, el PSOE y la pelea por heredar el desarrollo
El choque histórico es el más encendido. Un bloque defiende que los años 80 y 90 fueron buenos para el trabajador —vivienda accesible,
40 días de vacaciones, seguro médico, fondo de pensiones— gracias a la izquierda. El bloque contrario responde que eso era el rebufo del desarrollismo anterior y que la llegada del PSOE al poder en 1982 desmanteló la industria. Se cita incluso que en 1975 la renta per cápita española había superado el
95% de la media de la UE, y que los Pactos de la Moncloa cambiaron paz social por mala política económica.
El matiz que rompe el empate, según recuerda un interviniente: el
Fondo de Reserva de la Seguridad Social lo creó en 1997 un gobierno del PP dentro de los Pactos de Toledo de 1995, no la izquierda. Es el detalle que desmonta cualquier relato monolítico sobre quién construyó el Estado del bienestar.
La DANA o el día en que el pueblo ayudó sin carné
La única tregua del enfrentamiento llega con la catástrofe. En las zonas anegadas, según varios relatos, los primeros en arrimar el hombro fueron vecinos, autónomos y voluntarios de cualquier signo, sin preguntar a quién habían votado. En barrios de gobierno socialista ayudaron votantes de derecha; en otros, estudiantes de todo pelaje. La conclusión que se repite:
al pueblo lo salvó el pueblo sin mirar el carnet.
Ese episodio se usa como prueba de que lo que une a las clases medias y bajas pesa más que lo que las separa. La grieta política, vista así, sería en buena parte una construcción de arriba abajo.
Queda el tramo final, el más agrio: el que desempolva la supuesta financiación exterior de partidos en décadas pasadas para decir que todos cobraban de alguien. Y el que recuerda a los políticos honestos con su ideario frente a los cínicos de ahora. La pregunta que sobrevuela todo el intercambio no tiene respuesta fácil: si la izquierda obrera nunca gobernó, ¿a quién se estaba votando realmente todos esos años? Con esos mimbres, el antiguo votante que aún espera una disculpa del partido tiene más números de ser llamado nostálgico que de verla llegar.