El metro de Nueva York tiene cien años; el chino, meses: la brecha real
Un andén estadounidense con azulejos gastados. Debajo, un vídeo de estaciones de metro chinas recién estrenadas, con mármol pulido y pantallas por todas partes. La comparación, presentada como prueba de hacia dónde va el mundo y de lo que los grandes medios ocultan, arrastra una discusión que dice más sobre cómo miramos a
China y a Estados Unidos que sobre los propios metros. Porque el detalle que desmonta media comparación es tan simple que da vergüenza ajena: uno de esos metros se inauguró hace casi un siglo y el otro acaba de abrir las puertas. Y como todo
termómetro improvisado, mide regular.
¿Por qué el metro de Nueva York parece viejo y el chino nuevo?
La primera respuesta es la antigüedad. La red neoyorquina lleva funcionando desde hace casi cien años; las estaciones chinas del vídeo son obra reciente. Comparar una con otra es como enfrentar un edificio de 1925 con una promoción entregada el mes pasado y concluir que el primero está mal construido. Hay quien recuerda, además, que Nueva York también levanta estaciones nuevas y pregunta si el resultado es mejor: se cita la del
World Trade Center, firmada por Santiago Calatrava, como excusa para discutir si el gusto arquitectónico estadounidense está muerto o solo
de vacaciones.
La segunda respuesta es el dinero. Como sostiene un participante del hilo, mantener una red centenaria cuesta una fortuna y se hace a parches: se arregla lo roto, y solo cuando ya está roto. De ahí la sensación de que Estados Unidos se ha quedado anclado en el pasado mientras China construye a velocidad de vértigo.
El coste real: salarios y alquileres en la China de las estaciones relucientes
Aquí aparece el dato que, según los cálculos que maneja un participante, rompe el relato del milagro. En China un ingeniero cobraría alrededor de
14.000 yuanes al mes y un profesor de inglés unos 16.000, algo más de 2.000 euros, mientras el salario mínimo rondaría los
280 euros; sostiene ese mismo participante que con esa cifra se cubren vivienda y comida. Y, según relata quien dice conocer la ciudad de primera mano, en Shenzhen, una de las más caras, alquilar 40 metros cuadrados a 20 minutos en metro de una zona central como Futian sale por unos
600 euros. El desglose partida a partida deja una conclusión incómoda para los dos bandos: ni el paraíso laboral que algunos venden ni el infierno que otros describen.
Frente a eso, la letra pequeña. Quien defiende la tesis de la
chapuza sostiene que una ciudad que se ve espectacular en un vídeo puede esconder un retrete sin conectar, y se han citado accidentes en escaleras mecánicas, ascensores y puertas automáticas para alimentar esa idea.
Moscú ya tuvo el metro más bello del mundo
El precedente que casi nadie menciona y que conviene tener a mano: la Unión Soviética. El metro de Moscú sigue siendo una de las redes más bellas del planeta, con estaciones decoradas como palacios subterráneos. La contrapartida era la cola de la vivienda. Tras la Segunda Guerra Mundial, en los años cincuenta y sesenta, el Estado repartió vivienda gratuita por familia, pero lo que llegaba eran bloques prefabricados de 30 a 50 metros cuadrados, sin aislamiento —en un país de inviernos brutales—, de hasta cinco plantas sin ascensor y con varias generaciones apiladas en un mismo piso. Bonito por abajo, apretado por arriba.
China ha recorrido parte de ese camino a toda velocidad. Venía de ser uno de los países más pobres del mundo, y el ejemplo que se pone para ilustrarlo, un país que pasa de una renta per cápita de 1.000 a 1.300 dólares, parece enorme en porcentaje y es modesto en términos absolutos. El crecimiento inicial siempre es fácil: basta con copiar tecnología básica y ordenar la producción.
Del tren de Hohhot a las calles de Baltimore: la trampa de comparar
El sesgo de selección es el vicio favorito de los dos lados. Para sorprender a Occidente se rescatan ciudades chinas de segunda fila con terminales gigantescas: Hohhot, que no figura ni entre las cincuenta principales del país, tiene una estación de tren que aquí no encuentra parangón ni en Atocha. Para la tesis contraria se rescatan siempre las mismas aceras de Baltimore o San Francisco, plagadas de mendigos, y los andenes neoyorquinos más deteriorados. Quien ha recorrido Estados Unidos con cierta calma admite que buena parte de sus infraestructuras está desgastada y que el país está lejos de ser un territorio subdesarrollado. Las dos cosas a la vez, que es lo que molesta.
Qué se juega realmente en la comparación
En el fondo late una pelea vieja: si Estados Unidos es un país en decadencia o solo un país rico con infraestructuras viejas. La respuesta honesta exige separar dos cosas. Una red centenaria con mantenimiento de urgencia y una red nueva con estándares por verificar no son comparables en calidad, pero sí en voluntad inversora. Ahí la brecha existe y se ve a simple vista.
Y luego está la propaganda, que corre en las dos direcciones. Hay quien lleva años anunciando el colapso chino para la semana siguiente, semana tras semana, sin que llegue nunca. Y hay quien vende cada estación nueva como prueba definitiva de una superioridad civilizatoria. Los dos relatos se alimentan del mismo vicio: mirar una fotografía y deducir un país entero.
Con estos mimbres, lo único que se sostiene es lo obvio. Un metro no arregla una economía, ni una economía se hunde por su metro. Habrá que ver cuántas de esas estaciones relucientes siguen igual dentro de treinta años. ¿Y cuántas de las neoyorquinas habrán sobrevivido, con o sin parches, mientras tanto?