Un forero afirma que España escala al tercer puesto mundial en consumo de fentanilo
En el debate se afirma que España es ya el tercer país del mundo en consumo de fentanilo y el primero en benzodiacepinas. El dato, que circula por los mentideros económicos y sanitarios, choca de frente con la percepción de buena parte de la calle: hay quien asegura que nunca ha visto un consumidor de esta sustancia. La respuesta es tan simple como incómoda:
que no se vea no significa que no exista. El fentanilo no se fuma en un portal ni se pincha en un descampado. Llega en parches transdérmicos, receta mediante, y se cambia cada tres días.
La conversación arranca con una cifra que se repite: en 2018 un
1,9% de la población admitía haber consumido fentanilo y en 2022 el porcentaje se disparó hasta el
14%. Un salto que, si se confirma, sitúa a España en una liga que hasta hace poco parecía patrimonio exclusivo de Estados Unidos, donde la droga causa alrededor de
100.000 muertes al año.
De la heroína de los 80 a los parches de ahora
El paralelismo con la crisis de la heroína es inevitable y, a la vez, engañoso. En los años 80 cualquiera podía cruzarse con un consumidor en el portal de su casa, con el mono a cuestas y la jeringuilla compartida. Aquello se veía. Esto no. Varios testimonios recuerdan que entonces bastaba con no tocar las jeringuillas que aparecían en el suelo; hoy el consumo entra por la consulta del médico de cabecera.
Ahí está el núcleo del asunto. El fentanilo es un analgésico opioide potente, indicado sobre todo para
dolor oncológico, y se administra mediante parches que se absorben por la piel. Existe también una versión inhalada, bastante adictiva. La sospecha que recorre el debate es que parte de esas recetas acaban en manos que no las necesitan, y que el circuito sanitario se ha convertido en la puerta de entrada más silenciosa imaginable.
Benzodiacepinas: el otro ranking que nadie quiere
España no lidera solo en opioides. Es también el
primer país en consumo de benzodiacepinas, y ahí la crítica apunta directamente a la atención primaria. La acusación, repetida con sorna, es que los médicos de familia recetan ansiolíticos para quitarse de encima a pacientes con trastornos de ansiedad que requerirían otro abordaje. El resultado es una población medicada de forma crónica para problemas que la pastilla no resuelve.
El contexto no ayuda. Se describe un país donde la ansiedad, la depresión y otros diagnósticos de
salud mental se han normalizado hasta extremos que sorprenden a quien los mira con distancia. Vivir aquí, viene a decir el coro, es
contraproducente para la salud mental. Y cuando el malestar es estructural, la salida farmacológica siempre es la más barata.
¿Por qué el fentanilo no se ve en la calle como la heroína?
Porque su vía principal de entrada no es el trapicheo callejero, sino la prescripción médica. Los parches de fentanilo, comercializados bajo marcas conocidas, se colocan sobre la piel y liberan el principio activo de forma continua. Eso explica que muchos consumidores no se identifiquen como tales: no se pinchan, no compran en un portal, no delinquen para financiar el hábito. Al menos al principio.
La otra cara es la adicción. La misma potencia que lo hace útil para el dolor lo convierte en una trampa de dependencia rapidísima. Y aquí aparece el argumento más repetido: si el fármaco llega por receta, el paciente no percibe el riesgo hasta que ya está dentro. El circuito legal y el ilegal se solapan, y esa frontera difusa es lo que hace tan difícil medir el fenómeno.
El relato de la conspiración y el relato del negocio
En el terreno interpretativo, el abanico es amplio. Una corriente sostiene que el aumento del consumo responde a una estrategia deliberada de debilitamiento social, con la industria farmacéutica y determinados intereses como beneficiarios. Otra, más terrenal, señala simplemente el negocio: si la sustancia es barata de producir y el sistema sanitario la financia, la expansión está garantizada. Las dos lecturas conviven sin reconciliarse.
También hay quien mira al futuro inmediato con sorna amarga. La advertencia que más se repite es que los
nitazenos, opioides sintéticos aún más potentes que el fentanilo, ya están llamando a la puerta del mercado europeo. Un estudio citado pide investigar cómo han entrado. La secuencia, dicen, ya la hemos visto antes: primero llega la sustancia, después llega la explicación.
Lo que el dato no cierra
Queda una pregunta sin respuesta: si España es tercera del mundo en consumo, ¿dónde está el rastro visible? En Estados Unidos el fentanilo ha arrasado barrios enteros y ha cambiado el mapa de la mortalidad por sobredosis. Aquí el fenómeno se intuye en las estadísticas y en las farmacias, no en las plazas. Esa asimetría entre el dato y la escena es, probablemente, la clave de todo.
Con estas cifras sobre la mesa, lo razonable sería esperar un debate sanitario de fondo sobre prescripción, control y alternativas al dolor crónico. Lo que hay, de momento, es una conversación que oscila entre el asombro y la sospecha. Si el porcentaje sigue subiendo al ritmo que sugieren los datos, la pregunta dejará de ser si se ve o no se ve.