Turismo masivo en España: cuando el paraíso expulsa a sus vecinos
Hay una paradoja que resume el malestar: en el centro de Málaga hay más viviendas turísticas que habitantes. Lo dijo Carlos Carrera, presidente de la asociación de vecinos Centro Antiguo, y lo dijo sin adornos: «Es un espanto, una película de terror». Cuarta generación de su familia viviendo en el mismo barrio, Carrera recuerda colegios, institutos y centros médicos donde ahora hay pisos que se alquilan por noches. El fenómeno tiene nombre en el debate público —turismofobia— pero cada vez más expertos lo rechazan por engañoso: no es rechazo al turismo, es rechazo al que «agrede la vida de los residentes», según el periodista Armando Pomar, autor de una tesis doctoral sobre el caso de Palma.
El diagnóstico que comparten urbanistas, sociólogos y vecinos de media España apunta a un mismo mecanismo: la vivienda residencial convertida en alojamiento vacacional. Marcelo Sánchez-Oro, profesor de Sociología de la Universidad de Extremadura, sostiene que la relación entre anfitriones y turistas debe basarse en el equilibrio, y que cuando se rompe llegan los problemas. La clave, según Pomar, es que aunque se limite la construcción de hoteles, que los residentes alquilen sus pisos a turistas dispara la capacidad de acogida. Y añade un detalle que explica la trampa: «Pueden ganar muchísimo dinero».
Qué dicen los datos sobre la vivienda turística en Málaga
En ninguna otra ciudad de España creció tanto el precio del
alquiler en el último año como en Málaga, un
28%. El dato no es una opinión: lo aporta el propio vecindario como síntoma de un proceso más amplio. Carrera describe la dinámica como «endemoniada»: el residente tiene dos opciones, «se queda aguantando en un barrio inhabitable o se va». Y quienes se quedan asisten a una transformación que no pidieron. «Yo soy la cuarta generación de mi familia que vive en el centro», insiste. «Es una zona con colegios, institutos, centros médicos, pensada para vivir, no para ser un parque temático».
La queja no es exclusiva de Málaga. En Tenerife, la presión sobre espacios naturales protegidos —cerca de la mitad del territorio insular lo está— ha llevado a vecinos a dejar de frecuentar el Parque Nacional del Teide por masificación. El patrón se repite: no es el turista individual, es el volumen.
El giro urbanístico que convirtió barrios en parques temáticos
María Barrero, profesora de la Universidad de Sevilla y coautora de
Turismo, desarrollo urbano y crisis en las grandes ciudades andaluzas, sitúa el origen en la reestructuración posterior a la crisis de 2008. Habla de un giro hacia la «hegemonía de la funcionalidad turística-inmobiliaria»: políticas públicas orientadas a atraer visitantes, cambios de uso del suelo, producción de atractivos y ausencia de regulación del sector. El resultado, dice, es que el «cacareado» éxito del turismo no se ha traducido en bienestar para la mayoría. Y deja una frase que resume el cambio de percepción social: «No es casualidad que la gente haya pasado de vivir del turismo a sentir que el turismo vive de ella».
Jorge Dioni, autor de
La España de las piscinas y
El malestar de las ciudades, pone el foco en las administraciones y habla de «vecinofobia»: «Si tu apuesta no consiste en producir, sino en vender la propia ciudad, acabarás consumiéndola hasta que ya no quede nada». El efecto a largo plazo, señala, es la especulación inmobiliaria y el turismo masivo.
Por qué los pisos turísticos disparan el problema más que los hoteles
Sánchez-Oro apunta a una cuestión de profesionalización: muchas plazas turísticas en viviendas particulares no están gestionadas por operadores del sector, lo que deriva en contaminación acústica, suciedad y daño ambiental. «La realidad es que la planificación turística no existe», sentencia. Es un diagnóstico compartido por buena parte de los expertos citados: el problema no es la actividad en sí, sino su crecimiento sin reglas ni límites.
En el terreno de las soluciones, las propuestas que circulan van desde prohibir el alquiler vacacional en viviendas particulares y concentrar la actividad en hoteles y hostales, hasta elevar la fiscalidad específica o reforzar la inspección. También hay quien defiende que las normas actuales contra el ruido y las molestias ya existen, pero no se aplican: ayuntamientos, policía y jueces miran hacia otro lado, y el vecino queda solo.
El turismo que sostiene la economía y el que la degrada
No todo el análisis es hostil al sector. Hay una corriente que recuerda su peso macroeconómico: el turismo compensa la factura energética, sostiene el empleo intensivo y ha permitido cubrir la losa financiera exterior. El problema, admiten incluso quienes lo defienden, es que se trata de un sector de gama baja o media, con mano de obra barata y estacional, salvo en los segmentos de lujo o cultural.
El debate de fondo es si España puede permitirse renunciar a volumen sin destruir empleo, o si el modelo actual está agotando el propio activo que lo hace posible. La pregunta, a la vista de los datos, no tiene respuesta cerrada.
¿Cuánto tiempo puede sostenerse un modelo que expulsa a los vecinos del barrio donde nacieron antes de que el propio negocio se quede sin ciudad que vender?