«Una riada así no se veía en 5.000 años», dice una ministra
¿Cuándo fue la última vez que una riada dejó este reguero en Valencia? La respuesta oficial que ha circulado estos días es de traca:
5.000 años. La cifra la soltó una ministra y ha corrido como la pólvora, porque tiene un problema elemental de aritmética. Entre 1957 y hoy no hay cinco milenios. Hay sesenta y siete años. Y en 1957 Valencia ya se llevó la peor riada de su historia moderna, la que obligó a desviar el Turia por el cauce nuevo.
Poca broma con el redondeo.
El resto del argumentario es el de siempre: si el episodio es inédito en cinco milenios, nadie podía preverlo y nadie es responsable de nada. Ese es el verdadero uso político de la cifra. No es meteorología, es
blindaje de gestión.
¿Qué pasó en la riada de Valencia de 1957 y por qué se usa como referencia?
En octubre de 1957 el Turia se salió y anegó media ciudad. Aquello sí que cambió Valencia para siempre: se aprobó el
Plan Sur y el río se desvió por un cauce artificial al sur del casco urbano. Ese es el dato que desmonta el relato de los cinco milenios. La infraestructura que hoy protege la ciudad nació precisamente de una riada comparable, no de un episodio prehistórico.
Hay quien sostiene, con retranca, que si Franco ya sabía en 1957 que volvería a pasar, por eso está el cauce desviado. La ironía apunta a lo mismo: la comparación histórica no la inventa el Gobierno, la lleva décadas haciendo el propio urbanismo valenciano.
El cambio climático como explicación universal
El segundo frente del asunto es el marco. Atribuir cualquier catástrofe al cambio climático se ha convertido en la coartada comodín: sirve para todo y no exige explicar nada concreto. Hay quien lo resume con sorna diciendo que entre el patriarcado, el negacionismo y el cambio climático ya se responde al noventa por ciento de las preguntas, por complejas que parezcan.
El problema no es negar el clima, es usarlo como
cortina de humo administrativa. Si el episodio es inaudito, la pregunta incómoda —¿por qué no se avisó antes?— se disuelve sola. Y ahí es donde el debate se pone interesante.
Los números que no cuadran en la gestión
El tercer eje es puro cálculo. Se ha repetido que hay
1.034 efectivos en la zona y que solo
250 están actuando, con el resto esperando a que se despeje el terreno. La cuenta que circula es la de las matemáticas administrativas: sobran manos y falta coordinación. A eso se suma que la alerta al móvil llegó a las 20:00, con la tarde ya perdida.
El desglose completo, partida a partida, da para un análisis que no cabe aquí y que conviene leer entero antes de sacar conclusiones. Lo que sí queda claro es que el relato de los cinco milenios no resiste ni una calculadora.
La cifra como escudo político
La cifra no es un error inocente. Es un
escudo retórico: si nada igual ocurrió en cinco milenios, exigir responsabilidades es de necios. El problema es que la misma frase se usa para tapar el desfase horario de las alertas, la gestión de la emergencia y la coordinación entre administraciones.
Hay quien lo dice sin rodeos: en un país serio, quien suelta esto estaría limpiando letrinas; aquí, es ministra. Y no pasa nada. Ese «no pasa nada» es, quizá, el dato más revelador de todo el episodio.
Al final, la ministra tenía razón en una cosa: un gobierno tan incapaz de cuadrar una resta no se veía en cinco mil años. O en cincuenta mil, según el redondeo de cada cual.