Niño Becerra propone urbes nuevas para frenar la crisis de vivienda
¿De verdad hace falta construir ciudades enteras desde cero para que un joven pueda emanciparse en España? El catedrático Santiago Niño-Becerra sostiene que sí: solo una intervención de esa envergadura, con urbes nuevas de entre
25.000 y 30.000 habitantes, generaría la oferta suficiente para equilibrar un mercado que considera desbocado. Para él, medidas como el bono joven de alquiler son «parches» que esquivan la raíz del problema: una escasez crónica de vivienda asequible. Sin un aumento masivo de la oferta, cualquier otra medida es un placebo.
La propuesta no ha tardado en chocar con la realidad del terreno. Buena parte de las réplicas apuntan a un detalle incómodo: en amplias zonas de Castilla ya existe construcción levantada y vacía. No haría falta urbanizar nada, solo trasladar población. El problema, responden otros, es que nadie se muda a un páramo sin empleo.
Qué propone exactamente el catedrático
El diagnóstico de Niño-Becerra se apoya en una idea simple: el precio sube porque falta producto. Su receta pasa por replicar a gran escala lo que ya se hizo en el siglo XX, cuando la España industrial absorbió millones de migrantes interiores y se construyeron barrios enteros para alojarlos. Bellvitge, Sant Ildefons, La Florida, Pubilla Casas o Vallecas son la prueba de que el país ya sabe hacer esto cuando quiere. La diferencia, sostiene el economista, es que hoy se restringe la construcción en Barcelona y en muchas otras zonas mientras la demanda sigue creciendo.
El argumento tiene un punto débil evidente: una ciudad no es solo ladrillo. Necesita empleo, servicios, transporte y, sobre todo, una razón para que alguien deje su vida y se mude allí. Como resume un análisis recurrente, de nada sirve una urbanización de 30.000 habitantes en medio de un yermo extremeño si no hay trabajo en Extremadura. La vivienda sigue al empleo, no al revés.
El problema del suelo ya construido y vacío
La objeción más repetida no cuestiona el fin, sino el medio. En las dos Castillas, argumentan, hay construcción ya hecha «para aburrir». Meter allí a quien no puede pagar un alquiler en Madrid o Barcelona resolvería dos problemas de un plumazo: quitaría presión en las áreas pujantes y revitalizaría la España vaciada. Todo está hecho, dicen. Solo falta gente.
El escollo es el mismo de siempre. Quien no tiene trabajo necesita mudarse a donde hay trabajo, y ese trabajo se concentra en cuatro o cinco núcleos urbanos. Por eso gana peso una propuesta distinta: imponer el teletrabajo en todos los puestos susceptibles de desempeñarse en remoto. Si la oficina deja de atar, la geografía deja de mandar. Es la única palanca que, sin mover un ladrillo, podría redistribuir población.
Los incentivos fiscales y el modelo de la repoblación histórica
Otra corriente recupera fórmulas mucho más antiguas. Durante la Reconquista se concedían fueros de frontera para atraer pobladores a las tierras recién ganadas: privilegios fiscales, mejores condiciones y protección jurídica. Trasladado al siglo XXI, el equivalente sería reducir el IRPF a quien resida en zonas despobladas, eliminar el IVA para esos residentes, mejorar servicios e infraestructuras y dar ventajas fiscales a las empresas que abran sede allí.
El paralelismo histórico es sugerente y también tramposo. Aquellos fueros funcionaban porque había tierra que trabajar y enemigo al que temer. Hoy el incentivo tendría que ser económico puro y duro, y competir con la comodidad de vivir donde ya se vive.
La natalidad como prueba incómoda
Hay un dato que descoloca a los defensores del ladrillo a gran escala: un país con una natalidad de
1,2 hijos por mujer no necesita, en teoría, miles de viviendas nuevas cada año. Si la población nativa se encoge, ¿para quién se construye? La respuesta que dan algunos es incómoda: para la inmigración. Y ahí el consenso se rompe del todo.
Los cálculos que circulan en el debate son brutales. Si entran 700.000 personas al año, harían falta 23 ciudades de 30.000 habitantes cada año solo para alojarlas. En una década, 230. Ese número, sostienen, demuestra que el problema no es de oferta sino de flujo. Otros recuerdan que la vivienda ya se construyó así en los años setenta y ochenta, y que hoy esos barrios están llenos. La discusión deriva entonces hacia el control de fronteras, terreno donde el análisis económico se mezcla con la política y pierde filo.
Qué se puede hacer sin mover un solo ladrillo
Las recetas liberales también tienen su hueco. Proteger la propiedad privada, endurecer las penas por ocupación, eliminar las restricciones al precio del alquiler, desahuciar en tres meses al que no paga, liquidar la SAREB, suprimir impuestos a la primera vivienda y liberalizar el sector de la construcción. Con eso, aseguran, el precio caería y aparecerían millones de inmuebles en el mercado de un día para otro.
El ejemplo que se cita es concreto: en Mieres, con hospital y todos los servicios, a media hora de la playa y quince minutos del centro de Oviedo, hay pisos de tres habitaciones y dos baños por 85.000 euros. Si eso es cierto, la crisis no es de oferta agregada sino de oferta donde la gente quiere vivir. Y ahí ninguna ciudad nueva resuelve nada.
El historial del profeta
Ninguna discusión sobre Niño-Becerra se entiende sin su fama. Se hizo conocido por pronosticar la crisis de 2008 y por vaticinar después un escenario aún peor para 2010 que nunca llegó. Ese doble registro —acertó una vez, falló la siguiente— le acompaña en cada aparición. Sus previsiones de paro y PIB eran más pesimistas que las oficiales, y eso le granjeó un público fiel y un ejército de detractores.
La sospecha de fondo es comercial: que el libro vende más que la solución. Puede ser. Pero conviene recordar que un reloj estropeado da la hora exacta dos veces al día, y que descalificar la propuesta por quien la firma es la forma más rápida de no discutirla.
Al final, la pregunta sigue en pie: si la solución es tan evidente, ¿por qué nadie la ejecuta? Ahí se abre la madriguera.