Málaga: pegatinas contra los pisos turísticos en el centro
Un paseo por el centro de Málaga ya no deja ver solo placas. Sobre las fachadas de los edificios que exhiben la identificación oficial de apartamento turístico, alguien ha pegado un juego de palabras: a las siglas AT les sigue una coletilla malsonante que viene a decir que los pisos turísticos se larguen del barrio. El medio local
Diario Sur recogió el fenómeno. Detrás de las pegatinas hay algo más que una gamberrada: la pelea por saber quién puede seguir viviendo en una ciudad que se ha vendido como destino de moda.
El gesto abrió un intercambio entre propietarios de un solo piso, defensores del hotel clásico, hosteleros y vecinos que ya no encuentran
alquiler. Y hay un dato que desmonta la primera intuición de casi todos.
El 95% de los pisos turísticos es de pequeños propietarios
El relato corriente dibuja fondos de inversión engullendo ciudades enteras. El dato que uno de los intervinientes cita a partir de una información de prensa apunta a otro lado:
el 95% de las viviendas turísticas de Málaga está en manos de pequeños propietarios, personas con uno o dos pisos que completan con ellos su salario o su pensión. Varios de esos caseros serían, además, los padres de los mismos jóvenes que ahora se quejan de que el alquiler se ha ido de madre. El enemigo no lleva traje: lleva una escritura en la mesilla.
A esto se añade un matiz incómodo para la pancarta. En el centro de Málaga vive poca gente: los vecinos de toda la vida se han ido desplazando al ritmo de las reformas, de modo que la protesta visible la sostiene, según varios de los participantes, un grupo reducido, en muchos casos vinculado a activismo de izquierdas, mientras buena parte de la ciudad mira para otro lado. Un clásico: se critica el turismo y luego se hace cola para el puente.
¿Genera más empleo un hotel o un apartamento turístico?
Aquí el choque es de libro. Una parte sostiene que el hotel es la opción eficiente: concentra recepción, limpieza, gerencia y restauración, y crea puestos estables. La otra responde con un argumento que suena contraintuitivo:
a igual número de camas, el apartamento turístico genera el doble de puestos de trabajo, porque el huésped no desayuna en el buffet, baja a la panadería, come en el bar de la esquina y compra en el comercio del barrio. Los euros, dicen, no se quedan dentro del edificio.
El comercio del centro es el campo de batalla real. Hay quien recuerda calles enteras cerrando y asegura que solo con el alquiler vacacional volvieron a abrirse persianas: bares reformados con focos industriales que sustituyeron a locales con las mejores tapas de la ciudad pero sin clientes. La otra mitad del argumento señala que quien más gana en el modelo hotelero es el accionista, a veces sin sede fiscal en Andalucía.
Por qué el alquiler de larga estancia se ha secado
No todo es turismo. La conversación deriva hacia la ley de arrendamientos: quien alquila de forma tradicional asume que, si el inquilino se divorcia o se queda sin empleo, se queda con un problema de años. La protección del inquilino habría acabado trasladando al particular una carga asistencial que correspondía al Estado, y el resultado es que mucha oferta se ha retirado del mercado residencial y ha migrado al corto plazo. Expulsar al turista sin tocar esto no arregla la vivienda; solo cambia de inquilino la misma escasez.
Sobre el coste, el resumen que se repite es que incluso con salarios de
2.000 a 2.500 euros, quien no tenga efectivo ahorrado está fuera de juego. Málaga, vienen a decir, ha muerto de éxito tras una promoción turística muy eficaz.
¿Qué se propone para frenar la masificación?
Las recetas van de lo simbólico a lo fiscal. Se ha hablado de un impuesto de
100 euros al día por pernoctar, de desincentivar fiscalmente los apartamentos turísticos, de poner coto a los transatlánticos que sueltan miles de personas de golpe en el puerto y de recuperar una política de vivienda protegida abandonada durante décadas. También circula la tesis de que el turismo aguantó temporadas flojas gracias a la inestabilidad en destinos competidores como Egipto o Túnez, y que si ese negocio se apaga quedarán pisos, locales e infraestructura reutilizable, a diferencia de las torres de hotel vacías.
Frente a eso, la versión escéptica: el turista europeo que se quiere echar es el que viene con cartera llena, mientras el problema de fondo, la falta de vivienda pública, sigue sin abordarse. Y en medio, una mayoría silenciosa que no pega pegatinas ni va a manifestaciones.
El doble rasero que aparece en cuanto se habla de inmigración
Una parte del intercambio desvía el foco hacia la inmigración y sostiene que la indignación contra el visitante europeo convive con tolerancia hacia otras llegadas. Es una corriente de opinión sin cifras propias: en el debate, el precio de la vivienda se atribuye a la oferta y la demanda de alquiler, y no aparece ningún dato que ligue el fenómeno migratorio a esa cuenta. Que el asunto se use como munición política dice más del clima del momento que del mercado.
Una tasa que también paga el viajero de trabajo
Entre las propuestas fiscales aparece un efecto colateral que casi nadie menciona: la tasa turística no distingue al que veranea del que pasa tres días por trabajo y duerme en un hotel porque no le queda otra. Gravar la pernocta es fácil de anunciar y difícil de explicar a quien solo venía a una reunión.
Al final, la paradoja es sencilla: la placa que alguien tapa con una pegatina pertenece, con toda probabilidad, a un vecino de la misma ciudad que protesta. Contra ese dato no hay consigna que valga.