Por qué se abrieron las compuertas de Forata y qué pasó en el Poyo
Poco después de las lluvias torrenciales del 29 de octubre, la pregunta que empezó a circular con más fuerza no era cuánta agua cayó, sino quién dio la orden de abrir las compuertas de la presa de Forata y por qué nadie avisó antes. La acusación, repetida hasta la saciedad, sostiene que un desembalse deliberado condenó a los pueblos de la ribera del Magro. Los datos que se manejan apuntan a una explicación menos cinematográfica y bastante más incómoda: el embalse no provocó la riada que arrasó Paiporta, y las compuertas se abrieron, según el relato técnico dominante, para evitar algo peor.
Nadie ha presentado una prueba de que la apertura de Forata causara las muertes de la zona cero. Lo que hay es un cruce de versiones, varios errores de bulto y una pregunta legítima que sigue sin respuesta oficial: por qué la alerta llegó cuando el agua ya estaba en las calles.
Qué pasó con la presa de Forata y el río Magro
Forata es un embalse pequeño —se cita una capacidad de
30 hm³— que vierte al río Magro. Su apertura afecta a Catadau, Alfarp, Llombai, Carlet, Benimodo, La Alcudia, Guadassuar, Algemesí, Alzira, Poliñá de Júcar y Riola. De todos ellos solo ha trascendido con nombre propio Algemesí, el que más barro se comió. Según el recuento que se maneja, de la cuenca del Magro habría que lamentar
tres fallecidos.
Ese embalse, además, dio problemas para cerrarse: se apunta a un atasco de material sólido que dificultó el manejo de las compuertas. Un detalle nada menor, porque revela que la infraestructura se llevó al límite de su capacidad de maniobra.
La lluvia que lo llenó cayó, sobre todo, en Utiel. Y ahí está la clave geográfica que desmonta medio relato: Utiel vierte al Magro, mientras que Chiva vierte al barranco del Poyo. Dos cuencas distintas, dos desenlaces distintos, un solo titular en los medios.
Por qué se abren las compuertas de un embalse: la laminación de avenidas
Abrir una presa no es un capricho ni un acto de sabotaje: es su función. Los embalses se diseñan para retener agua y, cuando llega una avenida, para dosificarla. Permiten soltar caudal por el aliviadero, que está preparado para soportarlo, en lugar de dejar que el agua rebose por la coronación y comprometa la estructura.
El argumento técnico central es ese: si no se hubiera abierto, el agua podría haber desbordado por arriba, y un desbordamiento de esa magnitud puede acabar derribando la presa. El escenario alternativo sería una catástrofe de otra escala, con toda la cuenca suelta de golpe.
Ahora bien, la defensa tiene un punto débil que nadie ha cerrado. ¿Se podía haber abierto de forma gradual, con antelación, en lugar de hacerlo cuando el embalse ya estaba al límite? La propia premisa admite que se fue abriendo de forma progresiva y que los caudales llegaban saturados. Con el agua subiendo a razón de cientos de litros por metro cuadrado en horas, el margen de maniobra era mínimo.
Poca broma.
Lo que no se discute es la parte verdaderamente grave: el aviso. Aunque las compuertas se hubieran abierto con precisión suiza, los pueblos necesitaban tiempo para evacuar. Ese tiempo no existió.
El barranco del Poyo: una riada sin presa aguas arriba
Aquí se cae la hipótesis más repetida. La inundación de Paiporta, Massanassa, Catarroja y Benetússer no la provocó ninguna presa, porque en la cuenca del Poyo
no hay embalses. El barranco nace en Chiva; aguas arriba no hay ríos ni infraestructuras que puedan desaguar allí. Es una imposibilidad física, no una opinión.
La secuencia que se describe es otra: las lluvias torrenciales cayeron muy mayoritariamente sobre Chiva, el agua bajó por un cauce que atraviesa Cheste y acabó acumulándose en una llanura que durante siglos fue marjal y que está prácticamente a la altura de la Albufera. Sin pendiente, el agua se expande, se estanca y no encuentra salida rápida hacia ningún sitio.
Hay quien plantea que se formara una presa natural con árboles y arrastres que reventara después, como ocurrió en Biescas en 1996. Otros apuntan a que el cauce, mal mantenido, agravó el taponamiento. Son hipótesis sin confirmar, y quienes las lanzan admiten que no tienen datos para sostenerlas.
La escena que sí está documentada es otra. Un vecino de Albal, en shock, contó que le pilló la riada en la calle, que estuvo encaramado a un árbol varias horas hasta que la corriente se frenó y que después nadó hasta su finca para entrar en la escalera de su casa. En esa calle el agua superó
1,80 metros. Eso no lo hace una presa. Lo hace un barranco desbocado.
Las cifras de lluvia que nadie consigue cuadrar
Los registros bailan y ese baile alimenta la desconfianza. Se citan
500 l/m² en Chiva según AEMET, mientras otros pluviómetros de la zona elevarían la cifra hasta
662 l/m². Otra versión sostiene que en Chiva cayeron
445 l/m² y
630 l/m² en otro punto. Y hay quien recuerda que en 1996 llovió más, lo que choca de frente con la etiqueta de récord absoluto.
La previsión también se discute. Una parte de los análisis sostiene que AEMET ya avisaba el día antes y que las alertas rojas llegaron cuando el agua estaba cayendo. Otra recuerda que servicios meteorológicos extranjeros, como el francés, manejaban escenarios de
400 l/m² para la zona, y que el radar no estaba en su mejor momento.
La confederación hidrográfica tiene competencias sobre las presas, no sobre los modelos predictivos del tiempo. Repartir culpas exige antes repartir competencias, y ahí el relato oficial se vuelve opaco.
¿Se pudo evacuar a tiempo?
Sobre esta pregunta no hay consenso, y probablemente no lo haya nunca sin una investigación independiente. Hay quien sostiene que abrir las compuertas a intervalos, cada 30 o 50 minutos, habría dado margen para vaciar los pueblos. En contra pesa el argumento de que un desembalse lento con un embalse entrando en carga habría acabado igualmente en desbordamiento por la coronación.
Y luego está la derivada política. Circula la afirmación de que en 2004 se descartó la construcción de una presa que habría protegido a dieciséis de las localidades afectadas. Es una acusación que se repite sin expediente a la vista y que conviene tratar como lo que es: una sospecha sin verificar.
Y aquí se atasca el análisis. La pregunta técnica —cómo se gestiona una avenida de 500 litros— tiene respuesta en los manuales de explotación. La pregunta que de verdad importa, por qué se avisó tarde a quien tenía que salir corriendo, sigue sin un nombre, sin una hora y sin un documento.