De dormitorio a despacho: la puerta corredera que no siempre es la solución
Aprovechar una habitación pequeña como despacho choca con un obstáculo simple: la puerta. Cuando se abre hacia dentro, se come un tercio del espacio útil. Poner una corredera parece la salida natural, pero no siempre es tan simple ni tan barato como se supone.
Qué implica pasar a una puerta corredera
La opción más económica es reutilizar la puerta existente: desmontar las tapetas, instalar un rail superior y un kit de rodamientos. El resultado deja una holgura de medio centímetro que se puede disimular con un fleje, pero no queda estanca: el ruido y la temperatura se escapan. Para el que no sea manitas, lo sensato es contratar a un carpintero.
Costes: de los 115 euros a los 1.000
Un kit básico para pladur cuesta 115 euros. La puerta escamoteable empotrada en obra —el famoso casoneto—, opción estéticamente impecable, se dispara: hace años rondaba los 700 euros y ahora se estima entre 900 y 1.000, sin contar la obra de tirar un metro de pared, rehacer electricidad, yeso y pintura.
Alternativas que no implican obra
Cambiar el sentido de apertura de la puerta o directamente unas cortinas son las salidas de emergencia. Eso sí, quien busque un acabado digno y no una chapuza tendrá que rascarse el bolsillo: la puerta corredera bien hecha no es un producto de bazar.
Al final, la decisión depende del tabique, del presupuesto y de cuánto quieras que el despacho no parezca una habitación de alquiler con cortinas. Y ahí, cada caso es un mundo.