Debate sobre la eutanasia en depresión crónica en Holanda
La eutanasia vuelve al centro del debate público después de que se haya conocido el caso de una mujer holandesa de 29 años con depresión crónica cuya solicitud ha reabierto la discusión sobre los límites de la ley. Lo que empezó siendo una norma para enfermedades físicas incurables o degenerativas ha ido ampliando su perímetro hasta alcanzar trastornos mentales, y esa expansión es precisamente lo que más incomoda a quienes llevan años advirtiendo de que la pendiente resbaladiza no era una hipótesis, sino una hoja de ruta.
La Ventana de Overton se mueve
El concepto que sobrevuela toda la conversación es el de la
Ventana de Overton: la idea de que lo impensable se vuelve primero discutible, luego aceptable y finalmente normal. La eutanasia para enfermos terminales físicos era el punto de partida. El punto de llegada, según esta lectura, sería cualquier vida considerada no productiva. El caso de la holandesa de 29 años con depresión crónica funciona como señal de que la ventana ya se ha desplazado lo suficiente como para que un trastorno mental entre en el catálogo de motivos legítimos.
Hay quien sostiene que una depresión mayor es una enfermedad con base química y que negar la eutanasia a quien la padece es una discriminación. En el lado opuesto se argumenta que una depresión, a diferencia de un cáncer terminal, tiene tratamiento, y que confundir sufrimiento psíquico con enfermedad irreversible abre la puerta a que el Estado ofrezca la muerte como solución a problemas que deberían abordarse con salud mental.
Holanda como laboratorio: lo que empezó siendo para casos extremos
Holanda lleva dos décadas aplicando eutanasia y se ha convertido en el espejo donde se miran todos los debates posteriores. Lo que allí comenzó como una ley restrictiva se ha ido ensanchando hasta incluir supuestos que hace años habrían sido impensables. Se menciona que cada año se eutanasi a más pacientes psiquiátricos, y hay quien va más allá al afirmar que en algunos casos se ha aplicado sin consentimiento del paciente ni de sus familiares, solo con la autorización de un médico. Ese extremo, de confirmarse, sería la prueba de que la salvaguarda del consentimiento no es tan sólida como se prometió.
El dato que más se repite es que en Canadá, en apenas seis años de eutanasia legal, se ha doblado el número de personas a las que se aplica. La progresión no es un accidente: es el patrón. Primero los casos extremos, después los ampliables, después los discutibles. Y en cada fase, la resistencia inicial se diluye hasta que la nueva normalidad se instala.
El argumento económico: cuidados paliativos caros, eutanasia barata
Una de las líneas más incómodas del debate es la que conecta la eutanasia con el gasto público. Los cuidados paliativos son caros; la eutanasia, muchísimo más barata. Ese diferencial, que en teoría no debería pesar en una decisión clínica, planea sobre todas las discusiones sobre envejecimiento, pensiones y sostenibilidad del Estado del bienestar. La sospecha de que la eutanasia acabe siendo la solución contable a un problema demográfico no es nueva, pero gana fuerza cuando se amplía a supuestos que antes quedaban fuera.
El escenario que algunos describen es el de una sociedad que deja de invertir en salud mental, deja de sostener los cuidados paliativos y ofrece la muerte como salida digna. No como última opción, sino como opción razonable. La eutanasia dejaría de ser un derecho excepcional para convertirse en una política pública de gestión del sufrimiento.
El consentimiento como línea roja
El punto más delicado es el del consentimiento. La ley española, en teoría, exige que sea el propio paciente quien lo solicite de forma libre y reiterada. Pero la experiencia holandesa, según quienes siguen el asunto de cerca, muestra que en la práctica el consentimiento puede diluirse cuando el paciente no está en plenas facultades mentales. Y ahí es donde el debate se vuelve más áspero: si una persona con depresión crónica puede pedir la eutanasia, ¿quién garantiza que esa petición no esté influida por la propia enfermedad?
Hay quien sostiene que la sociedad no está preparada y que la ley necesita rodaje, y que en Holanda llevan veinte años trabajando en esto y la sociedad ha evolucionado para estar sensibilizada. Ese argumento, que suena a pedagogía, también puede leerse como una confesión: la ley no se adapta a la sociedad, sino que la sociedad se adapta a la ley.
Lo que viene: más supuestos, menos resistencia
La discusión no se cierra aquí. Se menciona una propuesta holandesa para poder aplicar la eutanasia a mayores de 75 años sanos que consideren acabado su ciclo vital. Si eso sale adelante, la frontera entre enfermedad y vejez se habrá borrado del todo. Y con ella, la distinción entre una vida que merece ser vivida y una vida que el Estado considera prescindible.
El cierre del análisis no llega. La ventana sigue moviéndose y nadie sabe dónde está el tope. Lo único claro es que el caso de la holandesa de 29 años no es un punto final, sino un punto de control en una carretera que sigue cuesta abajo.