Compartir piso a los 50 y llamarlo coliving: 475 euros en Gran Vía
Compartir piso pasados los 50 ha dejado de ser una desgracia para convertirse en un producto con nombre en inglés. Una habitación en una casa de diez personas junto a Gran Vía cuesta
475 euros al mes, con gas, luz, wifi, limpieza semanal y cambio de sábanas incluidos. El precio es real. El envoltorio, también: lo que hace medio siglo se llamaba habitación realquilada, según varios comentarios del debate, hoy se comercializa como
coliving.
El caso que mejor lo ilustra es el de Adriana, que llegó de Zaragoza a Madrid en septiembre de 2022 para trabajar cuatro días a la semana en la sede central de su empresa. Solo necesitaba tres noches, así que descartó alquilar un piso entero. Una amiga le mencionó la palabra
coliving y ella no la había oído nunca. Acabó reservando una habitación en Kanso Coliving, en una calle paralela a Gran Vía, a cinco minutos andando del trabajo.
475 euros, nueve compañeros y un contrato de once meses
Comparte casa con nueve personas de entre 20 y unos 30 años: una enfermera, un representante comercial francés, un empleado de telecomunicaciones, una opositora, un profesor de alemán llegado de Austria y cuatro estudiantes de intercambio. La cuota cubre gas, luz, wifi, limpieza de la habitación y cambio de sábanas cada semana. El contrato exige acreditar que su residencia habitual está fuera de Madrid, de modo que
no puede empadronarse en la capital.
En el inmueble no se admiten fiestas, visitas ni mascotas. Reservó los cuatro meses mínimos que marca la compañía, renovó once más —el tope— y no descarta probar otros centros. Su vida en el piso se reduce a comer y dormir. «Esto es ideal para mí», resume. El resto del tiempo lo pasa trabajando, en el gimnasio o en los cines y los teatros que tiene casi en la puerta.
Por qué hay adultos de más de 50 años en pisos compartidos
La media de edad en estos centros ronda los
30 años y el grueso del clientado son estudiantes y trabajadores jóvenes. Pero el perfil se mueve. Hay desplazados por trabajo que solo duermen allí tres o cuatro noches y, según sostienen algunos comentarios del debate, también separados que han perdido el uso de la vivienda familiar. Mario, de 50 años, eligió un coliving de Urban Campus en Atocha por los servicios incluidos, la inmediatez del acceso y los espacios para trabajar.
«Entiendo que haya gente que prefiera un hotel, pero el hotel es mucho más frío», reflexiona Adriana, que reconoce el choque que produce ver a gente mayor en estas casas. Ella misma pone la condición: si su vida social se activase en Madrid o tuviera que quedarse toda la semana, no viviría en un coliving.
Coliving, realquiler o habitación con derecho a cocina
Aquí empieza la pelea. Una parte del análisis no ve novedad alguna: es compartir piso de toda la vida con una palabra inglesa pegada encima para que suene mejor. La fórmula antigua tenía nombre propio —habitación con derecho a cocina, pensión con lavado de ropa— y se parecía bastante a esto. Otra corriente sube el tono y compara estos pisos con los alojamientos hacinados del Madrid de los años 50 y 60, cuando varias personas con pocos recursos compartían una vivienda en el centro.
Frente a esa lectura, hay quien distingue entre el coliving bien ejecutado y el piso compartido rebautizado. El primero, sostienen, son habitaciones tipo hotel con baño propio pensadas para estancias largas, con salón, cocina y lavandería de uso común, y extras que no ofrece un hotel al uso. El segundo es lo de siempre con marketing. La confusión entre ambos modelos es, precisamente, el negocio.
¿Cuánto cuesta la alternativa si no hay coliving?
Los números que se manejan en la comparación no sonríen. Según los cálculos que circulan en el debate, frente a los
475 euros de la habitación con todo incluido aparecen ofertas de alojamiento en Tres Cantos por
575 euros, habitaciones desde
600 euros descritas como zulos y un piso en el centro de Madrid con gastos por
700 euros. La diferencia no es solo el precio: en el piso hay que cocinar, contratar suministros y convivir con desconocidos igualmente.
Un comentario resume el otro lado del cálculo: lo que se ahorra en vivienda se acaba gastando en comida precocinada.
Centros segmentados por edad: el negocio que viene
Las compañías del sector ya se plantean abrir centros segmentados por edades, con oferta específica para adultos y mayores. El argumento comercial es que el acceso fácil, la convivencia con más de 50 nacionalidades distintas y el todo incluido convierten el modelo en una opción atractiva también para ese segmento. Desde la parte empresarial se insiste en que jóvenes y mayores conviven sin problema, se ayudan y se respetan.
La propia compañía reconoce, eso sí, diferencias de uso: el perfil joven pasa más tiempo en las zonas comunes y el mayor apenas está en la casa, entre el trabajo y la calle. La convivencia intergeneracional funciona mientras nadie coincida demasiado.
Con los precios del centro de Madrid donde están, lo previsible es que la demanda de habitación con servicios incluidos siga creciendo en todos los tramos de edad, no solo entre los veinteañeros. Otra cosa es que ese crecimiento se traduzca en centros segmentados de verdad y no en la misma habitación realquilada con etiqueta nueva. Nadie ha firmado todavía ese futuro.