A ver, no hablo de caminos mágicos, porque no los hay. Para los jóvenes, la salida más evidente es emigrar. El mundo es grande y cada uno tendrá que buscar el lugar donde todavía pueda construirse un futuro. Porque, tal y como vienen las cosas, resulta difícil creer que cotizar durante décadas vaya a garantizar mañana algo parecido a la seguridad que tuvieron generaciones anteriores. Una parte creciente de los recursos se perderá por el camino, entre corrupción, enchufismo, inmi gración, etc. Y al final, después de toda una vida trabajando, muchos cobrarán poco más que una pensión de subsistencia y vivirán prácticamente igual que quienes apenas hayan contribuido.
Quien tenga vínculos que no pueda o no quiera romper, familia, descendientes, responsabilidades, tiene que ahorrar y rediseñar por completo su esquema mental sobre el futuro. Hay que empezar a contemplar que las pensiones, tal como las hemos conocido, pueden ir desapareciendo poco a poco. No necesariamente mediante una gran reforma anunciada de un día para otro, sino mediante un deterioro lento: pérdida de poder adquisitivo, topes, cambios en la actualización de las pensiones más altas y sucesivas modificaciones que, con los años, terminen acercando a casi todos a una prestación mediocre, dejando apenas pequeñas diferencias para conservar la apariencia de que el esfuerzo realizado durante décadas sigue teniendo recompensa.
Eso obliga también a mirar el consumo de otra manera. Cada capricho de hoy es dinero que no estará disponible mañana. Puede parecer una forma lúgubre de pensar, pero conviene imaginarse a uno mismo dentro de treinta o cuarenta años: viejo, con una pensión escasa, servicios públicos deteriorados, una sociedad más pobre y un país en decadencia, con problemas que hoy asociamos a determinadas zonas de Madrid o Barcelona extendidos mucho más allá de las grandes ciudades. El futuro puede no parecerse en absoluto a esa vejez cómoda que durante años se dio por supuesta.
No se trata de construir un búnker en una montaña ni de vivir obsesionado con una catástrofe inminente. Se trata de adaptarse mentalmente a una realidad en la que probablemente habrá menos abundancia, menos seguridad y menos margen para depender de otros. Ahorrar, reducir gastos estructurales, evitar deudas innecesarias y, sobre todo, recuperar conocimientos que durante décadas parecieron irrelevantes porque siempre se podía pagar a alguien para resolver cualquier problema.
Aprender a hacer pan, preparar conservas, cocinar con productos básicos, reparar una avería sencilla, coser, mantener herramientas, cultivar algo de comida o conservar aquello que ya se posee puede sonar hoy casi pintoresco. Dentro de unas décadas quizá no lo sea tanto. Muchas de las cosas que ahora aparecen en foros de supervivencia como aficiones excéntricas podrían terminar convirtiéndose simplemente en habilidades útiles para una vejez más pobre.
Porque ese es, quizá, el cambio mental más difícil: dejar de pensar que el futuro traerá más comodidad que el presente. Puede ocurrir exactamente lo contrario. Y quien llegue a viejo habiendo entendido eso con décadas de antelación tendrá, al menos, alguna posibilidad de afrontar la escasez con recursos propios, en lugar de descubrir demasiado tarde que todo aquello que daba por garantizado ya no existe.