Coches sin etiqueta: fuera de la ciudad
¿Todavía sirve el coche de siempre para entrar en una gran ciudad? Cada vez menos, y con calendario en la mano. El punto de partida es el que fija la norma:
a partir del 1 de enero de 2024 los coches sin etiqueta medioambiental de la DGT no podrán acceder ni circular por la ciudad de Madrid, un veto que alcanza también a los residentes de la capital. Desde el ejercicio anterior ya tenían prohibida la entrada a las zonas de bajas emisiones. En el hilo, un conductor afectado cifra la multa en
200 euros.
Qué cambia exactamente el 1 de enero para los coches sin etiqueta
El criterio es la pegatina, no el estado del vehículo. Un turismo diésel matriculado hace dos décadas, con el motor funcionando, pasa a ser un objeto incómodo que no puede pisar según qué calles. El ejemplo que se cuenta en el hilo es el de un
compacto sin distintivo que funciona perfectamente y que su propietario tendría que retirar precisamente por no llevar la etiqueta. La restricción no distingue entre un coche mal mantenido y otro que funciona sin problemas: solo mira la etiqueta del parabrisas.
Durante un tiempo, la prohibición convivió con la vida normal de la ciudad. Desde el año anterior, los vehículos sin etiqueta ya tenían vetado el acceso y la circulación por las ZBE, pero fuera de ellas todavía podían moverse. En unos meses, tampoco eso. El cerco se estrecha por meses y la pregunta deja de ser teórica: afecta al trayecto al trabajo y a la vida diaria.
La prórroga de los residentes: hasta 2025
Aquí está el matiz que más confusiones genera. En el hilo se sostiene que los residentes pueden acceder a sus hogares hasta el
1 de enero de 2025 aunque su coche no tenga etiqueta. Sobre el requisito hay versiones distintas: hay quien afirma que lo que debe estar empadronado es el vehículo y no la persona, y quien aplica la condición a la persona empadronada desde 2021. Un conductor relata haber puesto el coche a nombre de un familiar y asegura que ya le llegan advertencias de multa por circular por la M-30.
ZBE obligatorias en municipios de más de 50.000 habitantes
La obligación de aprobar una zona de bajas emisiones recae sobre los municipios de más de
50.000 habitantes, pero eso no significa que la prohibición deba abarcar todo el término municipal. El texto exige aprobar un plan; el diseño concreto queda en manos del ayuntamiento. Hay quien describe el caso de Madrid como un exceso sin justificación, y quien recuerda que
Madrid Central afectaba a menos de una décima parte de la superficie actual. Un participante afirma que Bilbao ya lo ha aplicado para 2024, y en localidades medias de su área metropolitana —Getxo, con 90.000 habitantes— se ve en el cierre del casco antiguo solo el primer paso de una lista que irá creciendo.
¿Hay alternativa real al coche?
Solo si el transporte público aguanta el peso. La crítica más repetida no va contra el objetivo de la norma, sino contra el sustituto que se ofrece: un Cercanías que no llega a todos los sitios donde debería, con frecuencias irregulares y transbordos que alargan el trayecto. Dejar el coche en un aparcamiento periférico y terminar en metro es el plan que cuenta un participante en Madrid —menciona Sanchinarro—, aunque obliga a pagar dos veces por el mismo desplazamiento. Para quien vive a 250 kilómetros, la pregunta ni se plantea en esos términos.
El mercado de segunda mano y los coches a precio de saldo
Toda prohibición crea un mercado paralelo, y aquí se anticipa uno inmediato: vehículos funcionales que su dueño no puede usar en su propia ciudad y que acabarán vendiéndose baratos. En el hilo ya aparece una oferta de
1.500 euros por un compacto en buen estado, y en tono irónico se sostiene que los modelos nuevos arrancan en 50.000 euros y que la única vía es financiar. Para algunas familias, la norma deja de ser una cuestión de movilidad y pasa a ser una línea del presupuesto.
Contaminación frente a movilidad: el argumento que sostiene la norma
El sostén sanitario que esgrimen los defensores de la medida es la mortalidad y la enfermedad asociada a la mala calidad del aire, y en ese punto hay poco margen de broma. Es el argumento que convierte una pegatina en política pública. En el lado contrario pesa una objeción: el problema son los atascos de las grandes ciudades, no los municipios donde cada vez vive menos gente. Aplicar el mismo corsé a una capital congestionada y a un pueblo semivacío no convence a todos, y ahí es donde el conflicto se vuelve político.
Quién paga el coste político de la restricción
El reparto de culpas se ha convertido en un deporte propio. Hay quien sostiene que la prohibición actual la ha sacado de la manga el PP, que la izquierda solo había dibujado un perímetro limitado en el centro y que ahora el votante conservador descubre que el rigor normativo también llega desde su lado. La lectura contraria recuerda que las ZBE nacen de una obligación legal y de un problema de salud pública, no del color del ayuntamiento que las aplica. Entre ambas versiones queda el ciudadano de a pie, que vota cada cuatro años y aparca cada mañana.
Con el coche en el garaje, el motor en marcha y ninguna etiqueta que lo salve, la conclusión cae por su propio peso:
a la España vaciada le queda, de momento, la carretera.