La tesis: EEUU no está listo para una guerra con China
La tesis que plantea un análisis de Bloomberg es que la guerra de Ucrania muestra que el ejército de EEUU no está listo para una guerra con China. No es, según quienes la defienden, una hipótesis de sobremesa: se apoya en lo que ya se ve sobre el terreno, en la factura económica del esfuerzo y en la dificultad de reponer existencias al mismo ritmo al que se destruyen.
Por qué un dron barato revienta un HIMARS
El primer argumento es de pura economía. Sobre el campo de batalla, tecnología carísima está siendo destruida por aparatos que casi se montarían en un garaje. Los drones de fabricación iraní son el ejemplo más citado: chatarra barata que revienta lanzacohetes HIMARS, sistemas de precisión cuyo precio por unidad juega en contra de quien los dispara. La asimetría tiene consecuencias contables, y hasta hay quien bromea con haber perdido la cuenta de unidades destruidas.
El punto de fondo no es el aparato concreto, sino la relación entre coste de producción y coste de reposición. Producir en Occidente cuesta lo que cuesta, y cada pieza perdida se repone a un ritmo que no acompaña al consumo. De ahí sale el cálculo que sobrevuela la discusión: tirar armamento no sale gratis, y con los costes de producción occidentales, agotarlo equivale a arruinarse. Ese es el sentido del
game over que algunos dan por cantado.
El portaaviones, frente al misil hipersónico
El segundo pilar del poder estadounidense, la armada, recibe los golpes más duros. La razón es simple de enunciar: los portaaviones son grandes, carísimos, llevan miles de personas a bordo y son cada vez más vulnerables a los misiles hipersónicos, un arma que, se sostiene, EEUU no tiene y no consigue desarrollar.
Aquí aparece uno de los matices que cruza todo el asunto. Aun dando por hundidos dos portaaviones, quedarían otros ocho en la flota. La cifra no tranquiliza tanto como parece. La pregunta no es cuántos quedan, sino qué respuesta cabe tras perder un buque con 4.000 o 5.000 tripulantes a bordo. Cuando el destrozo es de esa escala, el escalón hacia una represalia mayor deja de ser teórico, y alguien recuerda los misiles de alcance medio que Europa retiró en los años ochenta para no vivir con ese riesgo encima.
Ahí asoma el debate que casi nadie quiere poner por escrito: el portaaviones podría haber dejado de ser una herramienta de disuasión para convertirse en un problema. Hundir una fragata con 200 hombres admite gestionarse con paños calientes. Hundir un mastodonte con miles de tripulantes, difícilmente.
¿Puede EEUU sostener dos frentes a la vez?
El argumento dominante responde que no: EEUU no puede librar a la vez una guerra convencional contra Rusia y contra China. La resistencia rusa a un ritmo de consumo de munición altísimo se lee como prueba de una capacidad de movilización que pocos esperaban, y el contraste con Europa se hace sin anestesia: se afirma que España no podría sostener una semana de guerra contra Marruecos y que Francia, con un esfuerzo defensivo mucho mayor, no aguantaría un mes en solitario.
La respuesta estadounidense es otra y también circula. Si el país entra en economía de guerra, ninguna potencia produce a su escala: las fábricas se ponen en marcha y el material vuelve multiplicado. El matiz incómodo es que Occidente lleva desde los años noventa deslocalizando su industria, y reindustrializar no se hace en cuatro días ni con trabajadores que ya no están. Esa cuenta, la del músculo que se desmontó por el camino, es la que nadie quiere hacer en voz alta.
Ucrania como banco de pruebas y el frente de Taiwán
Frente a todo lo anterior está la lectura opuesta, y no es marginal. Sostiene que el desgaste no es un problema sino una oportunidad: en Ucrania se está probando material, quitándose de encima existencias antiguas y aprendiendo a producirlo mejor. El arsenal, dice esta versión, no se agota, se recicla; lo viejo se sustituye por lo nuevo.
China, mientras tanto, juega con la ventaja del tiempo. No manda armamento a Ucrania, y la explicación más repetida es pragmática: no quiere que Occidente tenga la ocasión de estudiar y contrarrestar su material, del mismo modo que EEUU se muestra celoso con los restos de su propia tecnología caída. El escenario que más aparece en las quinielas es el de Taiwán como excusa para un bloqueo naval que ahogue a China por la vía del acceso a energía y alimentos, sin necesidad de desembarco. Y la advertencia de uno de los participantes es la de siempre: si el conflicto se dispara, la respuesta no serían unos cuantos proyectiles contra Taiwán, sino contra territorio estadounidense.
La pregunta que sigue sin respuesta
Queda lo de siempre, sin cerrar. ¿Cuenta EEUU con un arsenal guardado en depósitos que aguante mil años de guerra, como sostienen los más optimistas, o su capacidad real de producción es la que se ve, agotada contra un rival al que no logra doblar? Con lo ocurrido en Ucrania delante de las narices, la duda ya no es retórica.