Irán arde por Mahsa Amini entre dudas de injerencia exterior
¿Se está liando parda en Irán? La pregunta flota desde que la muerte de
Mahsa Amini, una joven detenida por la policía de la moral, desató una oleada de protestas por todo el país y una campaña de solidaridad que ha cruzado fronteras. El relato dominante en televisión es el de un estallido espontáneo contra una teocracia que mata mujeres por un mechón de pelo. El relato incómodo, el que no sale en los telediarios, apunta a otra cosa: a una operación de manual, con sus fases y sus patrocinadores, aprovechando una desgracia real como coartada.
La discusión se parte en dos aguas y conviene mirarlas sin apretar el gatillo de las etiquetas. De un lado, el estallido ciudadano, genuino, con mujeres hartas de que un Estado les diga cómo vestir. Del otro, la sospecha —formulada con datos y con la mirada puesta en Libia y Siria— de que hay manos externas ordenando el coro.
¿Por qué murió Mahsa Amini?
La versión que ha circulado con más fuerza sostiene que la joven fue detenida por la policía de la moral por no llevar correctamente el velo y que murió a consecuencia de los golpes recibidos en comisaría. Sobre esa premisa se levantó la indignación. Es la coartada perfecta: ¿quién va a ponerse en contra de protestar por una mujer fallecida por un trozo de tela?
Hay una segunda versión que casi nadie amplifica. La policía de Teherán difundió imágenes de las cámaras de vigilancia de la comisaría para sostener que
no hubo violencia física. Y una parte del análisis va más lejos: recuerda que el código iraní
no contempla la pena de muerte por no cubrirse el cabello, de modo que la causa oficial —«la mataron por el velo»— sería una simplificación que conviene a unos y a otros. Un detenido puede morir por brutalidad policial, como ocurre en cualquier país, sin que eso convierta el suceso en un programa de Estado. De «lo mataron por ir borracho» a «lo mataron en el calabozo por ir borracho» hay un abismo de propaganda.
¿Protesta espontánea o revolución de colores?
Aquí es donde el asunto se envenena. Una corriente de análisis sostiene que lo que ocurre tiene el patrón de una
revolución de colores: se toman protestas legítimas, se les da megafonía internacional, se las dota de simbología —actrices francesas cortándose el pelo, líderes occidentales pronunciando la frase de rigor— y se empuja el país hacia el punto de no retorno. La declaración «Hoy, estamos con las valientes mujeres de Irán» se lee como la señal de salida. Cuando un presidente de EE.UU. dice algo así, hay quien ve la mano de la agencia detrás.
Para la otra corriente, esto es una coartada cómoda. Las revoluciones no triunfan si la gente no se apunta de verdad, y en Irán hay una generación que tiene internet y ve cómo se vive fuera. Ningún servicio secreto, por mucho presupuesto que tenga, pone a un millón de personas en la calle si las condiciones no están maduras.
- Remate de la sospecha: el estallido coincide con el envío de drones iraníes a Rusia.
- Comodidad del relato: los mismos que callan con Qatar o Arabia Saudí se desgañitan con Teherán.
- El precedente que nadie quiere repetir: Libia tras la intervención, las reservas de petróleo y un Estado fallido.
El frente armenio y el tablero ruso
La sospecha no se sostiene solo en la indignación moral. Aparece un factor de calendario: Irán estaría enviando drones a Rusia y, poco después, el país se llena de cámaras y de pañuelos. ¿Casualidad o respuesta? Hay quien lo tiene claro y señala que estas cosas nunca son casuales.
En paralelo asoma otro frente que apenas se cubre. Irán, según se apunta, está dispuesto a intervenir contra Azerbaiyán si este sigue atacando a Armenia, lo que abriría un segundo frente incómodo para quien esté empujando en la región. Un país teocrático poniéndose del lado de posiciones que Occidente dice defender. El mundo al revés, o simplemente el mundo sin el envoltorio del telediario.
¿Son mayoría los que rechazan el régimen?
Falta saber cuánto de esto es mayoría y cuánto es ruido amplificado. Hay quien pregunta en voz alta si los que detestan el régimen son más de la mitad del país o solo de Teherán. Y hay quien traza un mapa étnico: los persas como ciudadanos de primera, el resto de etnias en un segundo plano, con los focos más calientes atribuidos a grupos armados o financiados desde fuera. Es una hipótesis, no una certeza, pero explica por qué el Gobierno sigue en pie. En cualquier país hay gente que detesta su régimen y gente que lo adora; la pregunta es el tamaño de cada grupo.
El doble rasero: Qatar, Arabia Saudí y las actrices francesas
El argumento del doble estándar recorre todo el análisis. Las mismas figuras que hoy se cortan el pelo por las iraníes callan con Marruecos, Yemen, Qatar o Arabia Saudí. El silencio no es casual: unos países son clientes y otros son objetivos. Arabia Saudí, sin ir más lejos, albergará en
2029 los Juegos Asiáticos de Invierno en el complejo de Trojena, y no ha hecho falta ninguna campaña de solidaridad internacional.
Queda el titular que nadie firma. Si el asunto acaba como Libia, los que hoy pedían intervención habrán desaparecido, y el resto seguirá viendo el mundial de Qatar tan ricamente.