Málaga, dos de cada cinco personas en la calle Larios son turistas y el alquiler sube un 88% en diez años
¿Cuánta presión turística aguanta una ciudad antes de dejar de ser habitable para quien vive en ella? En Málaga, la respuesta la dan los números:
dos de cada cinco personas que cruzan cada día la calle Larios son turistas, según la estadística experimental del INE que recoge el planteamiento del asunto. En junio, 237.956 visitantes nacionales y extranjeros pasaron por la capital, un
15% más que el mismo mes del año anterior y un 57,85% más que en 2021, cuando la pandemia todavía restringía la movilidad.
El modelo se sostiene sobre cuatro ejes —museos, playa, Semana Santa y Feria de agosto— y veintitrés años de gobierno municipal del Partido Popular, con una oleada de reformas urbanas concentradas en el casco antiguo y proyectos inmobiliarios de gran escala. La inercia de ese esquema recibe el nombre de «milagro malagueño» en los titulares, pero su reverso se mide en vivienda, salarios y servicios públicos.
El alquiler que se come la nómina
El precio del metro cuadrado en alquiler se situaba en
12,8 euros en julio, un 21,2% más que un año antes y un
88,24% más que hace una década, según los datos del portal inmobiliario Idealista que maneja el material. Con una renta neta media por hogar de 30.219 euros anuales en 2020, por debajo de la media nacional, el cálculo que circula entre los sindicatos de inquilinos es que una familia malagueña destina casi la mitad de sus ingresos a pagar la renta mensual, y eso sin contar suministros.
La palanca que explica ese salto es la vivienda con fines turísticos. El Registro Turístico de Andalucía contabilizaba
9.971 viviendas turísticas inscritas en la ciudad a fecha de agosto, un 44,7% más que las 6.891 de 2021. La estimación del INE, más conservadora y extraída de tres plataformas de alquiler vacacional, hablaba de 6.252 pisos en febrero frente a los 5.952 de agosto del año anterior: un 5,04% más en apenas seis meses. En zonas colindantes con la Catedral o el entorno del Museo Picasso, esas viviendas llegan a representar el
39,90% del total.
¿Por qué se expulsa a los residentes del centro histórico?
Porque cada piso que pasa al alquiler vacacional sale del mercado de larga temporada, que es el único régimen al que pueden acceder los grupos de población con menos recursos. Hay quien sostiene que muchas de esas viviendas operan al margen de la normativa, incluso en locales comerciales a pie de calle y terrazas comunitarias, lo que elevaría la cifra real por encima de la oficial. El resultado es un centro convertido en parque temático mediterráneo y una periferia que absorbe a los desplazados.
La defensa más repetida de ese desplazamiento es que el centro ya estaba muerto antes del turismo, que en los ochenta nadie quería vivir allí y que hoy se vive mejor en los barrios. La réplica no se hace esperar: la ciudad de los ochenta no era el espanto que se repite, y el mantra de «ciudad fea» sirvió de excusa para expoliar el patrimonio. Entre ambos relatos queda un dato incómodo: Málaga es la segunda capital con más paro de España y encabeza los rankings de pobreza y desigualdad, según sostiene un participante, lo que convierte el milagro en un reparto muy desigual.
El dinero del turismo que no llega a las nóminas
La pregunta que recorre el asunto es a dónde va el gasto de los visitantes si los sueldos no suben al mismo ritmo. Las respuestas que se cruzan apuntan a las matrices de las cadenas hoteleras, a intermediarios con sede en paraísos fiscales y a una parte del negocio que directamente no se declara. El peso del sector en la estructura productiva es abrumador: el 77% del PIB de la provincia es sector servicios y el 84% de ese bloque es
hostelería, lo que equivale a que la mitad de toda la riqueza provincial dependa del turismo, según los cálculos que se citan.
Ese monocultivo tiene coste en servicios públicos. Los sindicatos sanitarios denuncian esperas de hasta 24 horas en urgencias y sesiones de quimioterapia a más de 30 grados en los hospitales de la capital durante los meses en que la población se multiplica. La factura también aparece en el empleo: España tiene un peso de la hostelería más del doble que Alemania, Francia o Italia, según los informes que se citan, lo que dibuja una economía desequilibrada, desigual y precaria.
¿Se puede prohibir el alquiler vacacional?
No con el marco jurídico vigente, sostienen quienes defienden el modelo: limitar el alquiler turístico obligaría a cualquier no residente a alojarse en hoteles, algo que no está recogido en el ordenamiento. La objeción de fondo es otra: si un visitante alquila un piso para un fin de semana, al vecino no debería importarle a qué dedica esos días. Frente a eso, la experiencia cotidiana de los bloques del centro —«esto es todos los días igual, parece un hotel», resume un residente— y la estadística de precios apuntan en dirección contraria.
El cierre del asunto no lo tiene nadie. Cuando Málaga pase de moda, la lógica del capital turístico buscará la siguiente ciudad costera que arrasar. Y entonces la pregunta volverá a ser la misma, con otro nombre en el mapa.