Rubiales, la tesis del beso ordenado y los dimitidos que volvieron a su cargo
Un presidente de federación deportiva no se extralimita con una federada en 2023. No con el patio como está, no en un deporte politizado hasta el tuétano. Así lo sostiene uno de los participantes en el debate. Y sin embargo ocurrió: el máximo responsable de la
Real Federación Española de Fútbol besó a una jugadora durante la entrega de medallas del Mundial femenino. El gesto tapó el título, copó tertulias y abrió una pregunta incómoda que va más allá del morbo: ¿y si el beso no fue un exceso, sino una instrucción?
Esa es la tesis que se ha abierto paso con más ruido que pruebas. La hipótesis se formula como falsable, y esa es su única virtud seria.
La hipótesis falsable: dimitir o ascender
El planteamiento es simple y por eso resulta tan incómodo. Si al responsable federativo
no le ordenaron besar a la jugadora, la institución lo sacrificará: dimisión fulminante, ostracismo y paso a la categoría de apestado. El sistema necesita un culpable individual que cargue con todo y deje intacto el relato.
Si, por el contrario,
sí hubo una orden, el pronóstico se invierte. Dimita o no, el afectado reaparecerá en un cargo equivalente o superior en uno o dos años. La polémica se habrá cerrado, la agenda habrá avanzado y nadie pagará nada. Es la prueba del algodón que se propone: basta con seguirle la pista.
No es una intuición aislada. Es un método de observación que ya se aplicó antes y que, según quien lo sostiene, acertó.
El precedente de 2021: los dimitidos por saltarse la cola de la vacuna
La prueba que se invoca es el rosario de cargos públicos que en 2021 presentaron su dimisión por haberse vacunado antes de que les tocara. Fue un espectáculo de contrición: comparecencias, autocríticas y salidas por la puerta lateral para salvar a la institución.
La tesis es que aquello fue un montaje. El argumento: prácticamente todos esos dimitidos
siguen hoy en sus cargos o han ascendido a puestos de mayor relevancia. La dimisión funcionó como chivo expiatorio temporal, y la recompensa llegó después, discreta. Si el patrón se repite, el calendario dará la respuesta con el caso del beso.
Ahí está el anzuelo del asunto. No en lo que pasó en el palco, sino en lo que pase en los despachos.
Miguel Bosé, el papel de Goldstein y 300.000 euros de dinero público
El otro precedente que se cita es televisivo. Durante la pandemia,
Miguel Bosé encarnó al antivacunas de manual: el personaje exagerado, la pinta de excéntrico, el discurso incendiario recitado para el consumo de masas. Cumplía el papel del enemigo útil, el Goldstein de la función.
Terminada la emergencia sanitaria, el cantante volvió a las parrillas como si nada. Y aquí aparece el dato:
12 programas a 25.000 euros cada uno, unos
300.000 euros de dinero público vía televisión estatal, según las cifras que maneja la propia prensa del corazón. Una cifra que, sumada al personaje, invita a preguntarse quién pagaba a quién.
Hay quien añade otro nombre al elenco: el de una presentadora que hizo de antivacunas despreocupada, fue señalada y luego regresó a la parrilla. No es una teoría redonda. Es un patrón que se repite.
¿Por qué un cargo así se extralimita con una federada?
Aquí el argumento deja de ser conspirativo y se vuelve de sentido común. Quien participa en federaciones deportivas lo describe con crudeza: a casi nadie se le ocurre en 2023
tomarse libertades con una deportista federada. No hace falta ser un santo, basta con tener instinto de supervivencia.
El ejemplo que se pone es el de un cargo menor, muy inferior al del fútbol, en un deporte poco politizado, que se extralimitó con una federada sin mayor trascendencia y fue fulminado sin contemplaciones. Si eso ocurre en la liga de barrio, ¿cómo se le ocurre al presidente de la federación más expuesta del país hacerlo ante las cámaras de medio mundo? O hay una orden, o hay una temeridad que roza lo inverosímil.
La polémica como producto: audiencia, FIFA y Supercopa
El último tramo del argumento es economicista. Una victoria en un Mundial femenino, sin más, es noticia de relleno: dos días de portada y vuelta al olvido. Con la anécdota del beso, se convirtió en un fenómeno de audiencia durante semanas.
Recuerda a otro pelotazo: los
24 millones de la Supercopa en Arabia, negociados con Piqué y con audios de por medio. Aquello no generó ni la mitad de ruido. La diferencia es que allí había intereses compartidos que proteger; aquí solo había un responsable solitario al que se le podía señalar sin dañar a nadie.
Sumando piezas, la conclusión que se defiende es que el fútbol femenino funciona por sí mismo como operación de ingeniería social, y que el beso fue el detonante perfecto. Ni preparado ni espontáneo: útil.
La pelota está en el tejado federativo. Queda por ver si el señalado sigue el camino del apestado o el del recompensado. Si en dos años aparece de nuevo en un cargo de peso, más de uno tendrá que admitir que la hipótesis no era tan disparatada. ¿O acaso alguien cree que este tipo de cosas se decide en el momento?