Tartus: la base rusa que Moscú no puede sostener
¿Qué pasa cuando el garante de un régimen se queda sin capacidad de reacción? La caída de Damasco y la evacuación de la base naval de Tartus han dejado al descubierto una contradicción que Moscú llevaba años intentando tapar: Rusia se comprometió a salvar a su aliado sirio y no ha podido hacerlo. Los buques de guerra han salido de Tartus, y mientras otros países aliados evacuaban a sus ciudadanos por avión, según un forero Moscú dejó que los suyos se buscaran la vida. La propaganda rusa tiene un problema nuevo: explicar por qué su principal activo en el Mediterráneo oriental se ha quedado sin flota.
El ejército sirio que no combatió
La velocidad de los acontecimientos ha sido el dato más incómodo. El ejército de Assad, mejor equipado que en 2013 y con oficiales curtidos en una década de guerra, apenas opuso resistencia. Las guarniciones del este se entregaron, y las imágenes de un búnker abandonado con los objetos de valor ya retirados sugieren que hubo tiempo para organizar la salida. No fue una derrota militar en el sentido clásico: fue un repliegue ordenado que dejó a los analistas buscando explicaciones.
Hay quien sostiene que sin esa resistencia mínima, ni Rusia ni Irán habrían tenido margen para negociar apoyos. La contraoferta es más simple: si el ejército se desmorona en días, ninguna potencia exterior puede salvar un régimen que ya no se sostiene solo. El cálculo de Moscú, en cualquier caso, pasaba por no enviar más carne al asador en un frente que se había vuelto indefendible.
¿Qué gana Irán perdiendo Siria?
La ecuación iraní es la que menos cuadra. Siria era la pieza que conectaba Teherán con Hezbolá, el corredor terrestre que daba sentido al llamado eje de la resistencia. Perder Damasco es perder ese puente. Las explicaciones que circulan apuntan a un intercambio de cromos: Irán aceptaría el golpe a cambio de que Israel y Estados Unidos dejen de apretar en Líbano y Siria, con el añadido de una sucesión complicada en Teherán por la salud del líder supremo.
Es una lectura plausible y humillante a partes iguales. Una potencia regional que renuncia a su principal activo estratégico para comprar tranquilidad no está negociando: está capitulando. Y el problema de las capitulaciones es que el precio suele subir después.
El acuerdo que nadie firmó pero todos cumplieron
En los días previos a la caída de Damasco circularon versiones sobre un pacto entre rusos, iraníes, turcos y sirios con siete puntos iniciales, ampliados después con tres más tras las conversaciones con los grupos armados. El contenido básico: transferencia formal del poder, salida de Assad del país y orden a los comandantes de no resistir. Las tres cosas ocurrieron. La base de Tartus quedaría, según esas mismas versiones, en manos rusas.
La secuencia encaja demasiado bien para ser casualidad. También encaja con la confirmación pública de que Rusia está dispuesta a entenderse con quien controle Damasco. El problema es que un acuerdo que se cumple sin firmarse no es un acuerdo: es una rendición con buenos modales.
Las bases militares que no valen nada hasta que se pierden
El argumento más repetido para minimizar el golpe es que Tartus y Hmeimim nunca fueron decisivas. Para salir de Rusia al Mediterráneo hay que pasar el Bósforo, y una base naval sin salida garantizada vale lo que vale un puerto alquilado. La contraoferta es que Moscú gastó lo que no tenía en construir esa base, y que perderla demuestra que ya no puede proyectar fuerza más allá de sus fronteras.
La comparación con Ucrania es inevitable: un ejército que no puede desalojar invasores de su propio territorio difícilmente va a sostener un régimen a 3.000 kilómetros. El ridículo no está en retirarse: está en haber prometido durante una década que no haría falta.
El gasoducto que explica más que las banderas
Hay una lectura económica que se abre paso entre tanto análisis geopolítico. Rusia no quería que se construyera un gasoducto desde Catar y Arabia Saudí hasta el Mediterráneo, y Assad se negó a permitirlo. Con Damasco en otras manos, ese proyecto vuelve a la mesa. Las bases militares son lo de menos cuando lo que está en juego es el precio del gas en Europa.
Si esa lectura es correcta, Moscú no ha perdido Siria: ha perdido la capacidad de impedir que otros la ganen. Y los nuevos dueños del terreno, sean quienes sean, tendrán que decidir si el gasoducto se construye o si prefieren seguir cobrando por no construirlo. La pela es la pela, incluso en Damasco.
Queda la pregunta que nadie responde: si todo estaba pactado, ¿por qué los ciudadanos rusos en Siria tuvieron que evacuarse por su cuenta mientras otros países fletaban aviones? La respuesta más probable es la más aburrida: porque nadie pensó en ellos. La propaganda se ocupa de las bases, no de los pasaportes.