Aplaudir a las 8 desde el balcón: la nueva convocatoria de Sánchez
Hay una hora exacta y un escenario doméstico: las 8 de la tarde, el balcón. La propuesta atribuida al presidente del Gobierno,
Pedro Sánchez, pide a los ciudadanos asomarse para aplaudir a los
miembros del Estado que trabajan en paliar los efectos de la DANA. Y ahí está la paradoja: el mismo gesto que sirvió para agradecer a sanitarios y dependientas se recicla ahora para un aparato administrativo que buena parte de los afectados considera que llegó tarde.
Qué pide el Gobierno y con qué argumento
El marco lo puso el propio presidente en un mensaje en redes:
«El Estado somos todos», con el Gobierno «a lo que hay que estar», es decir, reconstrucción, respuesta y relanzamiento de las zonas afectadas. El cierre añadía una segunda capa: «Más ciencia y menos negacionistas del cambio climático». La convocatoria se presenta, así, como respuesta a los
bulos que circularon sobre la catástrofe, no como un acto de autobombo.
La distinción importa, y no todo el mundo la compra. Una parte del público entiende que el aplauso va dirigido a los
servidores públicos —bomberos, técnicos, personal de emergencias— y no a los voluntarios ni a los cargos políticos. Otra lectura no ve matiz alguno: se aplaude al Ejecutivo por una gestión que se considera deficiente. La misma frase, dos interpretaciones incompatibles.
Por qué vuelve el fantasma de la pandemia
Porque el formato es idéntico y la memoria, corta. El aplauso sanitario de las 8 pasó de gesto espontáneo a rutina televisada en cuestión de semanas. Aquel patrón se recuerda ahora como una operación de
ingeniería social: primero lo hacían cuatro vecinos aburridos, después lo instalaron las cadenas a base de repetirlo cada día.
De ahí el rechazo frontal de una parte del público. Se argumenta que quien sale a aplaudir legitima un relato, y que quien no sale queda retratado como opositor. La comparación con la crisis sanitaria recorre casi todas las críticas: si el aplauso funcionó entonces como termómetro de adhesión, ahora cumpliría la misma función. Hay quien añade que el ritual no prendió igual en todas partes y que hubo portales donde no se asomó nadie.
El dilema que resume el malestar
La formulación más repetida tiene forma de trampa: si no aplaudo, soy un reaccionario; si aplaudo, soy un ingenuo. Un callejón sin salida que, según varios relatos, explica por qué mucha gente optará por no asomarse. La conclusión más cínica —y la más difundida— es que la convocatoria sirve sobre todo para
separar a los que se someten de los que no, señalando al vecino que no participa.
Otros van más allá y leen un cálculo político: el gesto incomodaría especialmente al votante propio, obligado a elegir entre la disciplina y el sonrojo. La convocatoria circularía, según esta lectura, con plena conciencia de su efecto divisivo.
Donde no se oyó ni un aplauso
Los relatos posteriores a la hora señalada apuntan a una respuesta desigual. En algunas zonas el recuento fue cero: ni un balcón, ni una palmada. En otras se registraron aplausos aislados, de duración breve, con sensación de trámite más que de celebración.
La geografía del aplauso acabó funcionando como termómetro del barrio. Y apareció la ironía recurrente: si el objetivo era detectar a quienes aplauden sin criterio, la convocatoria había sido un éxito metodológico. Un vecino resumía que bastaba con asomarse para saber con quién se comparte escalera.
La batalla paralela: bulos, pintadas y periodistas incómodos
En paralelo al aplauso, el asunto derivó hacia la
desinformación. Los mensajes que circularon durante los días críticos —sobre avisos, responsabilidades y gestión— centraron buena parte de la conversación. Una reportera llegó a leer en directo una pintada hostil contra el presidente, aparecida en un pueblo devastado, como un mensaje de despedida. El episodio se difundió como ejemplo de cómo se construye un relato.
También se discutió el papel de las televisiones: quién cubre la convocatoria, cómo la encuadra y cuánto tiempo le dedica. Y se señaló a los periodistas que incomodan al Ejecutivo con preguntas concretas, frente a los que se conforman con evasivas, como termómetro de lo que el aparato público tolera.
Con estos mimbres, la pregunta abierta no es si hubo aplausos, sino cuántos y a quién se aplaudía. ¿Se sostiene un relato de gestión a base de convocar gestos, o cada convocatoria fallida deja el escenario un poco más vacío?