El Atlántico Norte acumula una anomalía térmica sin precedentes
Un grado de más en el agua. Eso es, en apariencia, todo el fenómeno. Pero no es la magnitud lo que ha puesto en alerta a los meteorólogos, sino la extensión: desde que hay registros, nunca se había observado el Atlántico Norte con una superficie tan amplia de anomalías positivas en la temperatura superficial del mar. El físico y meteorólogo de la AEMET Juan Jesús González Alemán lo resumía en un mensaje escueto: «el océano empieza ya a mandar señales». La mancha se vuelve más oscura entre el suroeste de la Península Ibérica y el noroeste de África, en la franja subtropical que baja hasta Senegal.
Qué muestran los datos del Atlántico Norte
Este pasado abril se batieron récords de temperatura en la superficie oceánica, que superó los
21 grados de media. El nuevo sobresalto llega del Atlántico y las cifras que se manejan apuntan a una anomalía de alrededor de
1 °C por encima de lo normal, según el divulgador científico Gorka Orive, que describe el episodio como «una ola de calor marina masiva» extendida sobre millones de kilómetros cuadrados de océano. El estadounidense Eliot Jacobson, matemático y divulgador especializado en ciencia del clima, publicó un gráfico que comparaba los registros de
2023 con la media del periodo
1982-2023 para las mismas fechas del calendario: la línea del Atlántico Norte se despega de la serie histórica de forma visible.
En el conjunto del Atlántico Norte, el récord de temperaturas cálidas se venía arrastrando desde hacía más de un mes. La anomalía no es homogénea: el tramo donde más se nota es justo el que queda frente a la costa peninsular y el noroeste africano, no la cuenca entera.
El invierno anticiclónico que calentó el agua
La explicación más repetida no tiene nada de exótica. El climatólogo Jorge Olcina, profesor de la Universidad de Alicante, la sitúa en «la sucesión de semanas de invierno tan anticiclónicas» que se han encadenado en la zona. Un anticiclón muy potente ha permanecido
acostado al oeste de la península, bloqueando las borrascas, agravando la sequía y acumulando calor sobre la lámina de agua.
Mucha radiación solar, mucha estabilidad atmosférica y un aire que se ha ido calentando y transmitiendo esa temperatura al océano. «Esa sucesión de semanas de invierno tan anticiclónicas seguro que está detrás de ese calentamiento del Atlántico tan localizado y tan intenso», zanja el climatólogo, que evita el alarmismo pero no esconde la preocupación: la situación, dice, es delicada.
¿Por qué preocupa una anomalía positiva y no una negativa?
Aquí arranca una de las grietas del asunto. Hay quien pregunta por qué una desviación de
+0,8 grados sobre la media se presenta como alarma mientras una de
-0,8 no merece ni un titular. Otros discuten la ponderación del dato y sostienen que no es lo mismo mover una décima la temperatura media del conjunto de la masa oceánica que calentar una franja concreta hasta un grado por encima de lo normal.
El desacuerdo suele acabar siempre en el mismo sitio: la existencia o no de consenso científico y el papel de los medios que difunden estos avisos. Frente a la posición mayoritaria de la investigación climática, reaparecen afirmaciones como que las concentraciones de CO2 en la atmósfera están en mínimos históricos y que lo emitido desde el comienzo de la era industrial no alcanza a representar un punto en el gráfico. La serie de referencia que maneja la ciencia del clima no respalda esas tesis.
El Niño, la pieza que puede dar la vuelta al mapa
La evolución a corto plazo está abierta. Con un fenómeno de El Niño a las puertas, originándose ya en el Pacífico Sur, Olcina es cauteloso: si se entra en un año de Niño intenso, lo probable es que la situación se normalice, porque llegarán más masas de aire frío a la atmósfera y más DANAS y gotas frías en la zona, capaces de enfriar esa parte del Atlántico.
El problema es que nadie sabe todavía si derivará o no en un Niño intenso. El desenlace, por tanto, no está escrito: el agua caliente puede quedarse donde está o puede empezar a perder temperatura en cuestión de semanas.
Del dato oceánico al recibo de la luz
Pocos asuntos se desvían antes de llegar al fondo. En el tramo final, la conversación abandona el agua y aterriza en el bolsillo: los impuestos, las subvenciones, el supuesto afán recaudatorio de las políticas climáticas y la sospecha de que el aviso sirve para justificar un gravamen más sobre la renta. La descalificación directa y el
terraplanismo de ida y vuelta se comen buena parte del intercambio.
A eso se suma el argumento meteorológico de andar por casa: si ha nevado en Sierra Nevada, ¿de qué calentamiento hablamos? La respuesta física es sencilla —esa nieve es agua que se evaporó en algún sitio— y no contradice el dato oceánico, porque una nevada puntual y una anomalía sostenida de la temperatura del mar son cosas distintas. También aparece la tesis contraria, la de que existe un consenso abrumador sobre el origen humano del calentamiento y de que la negación forma parte del mismo paquete que otras teorías sin base científica.
Mientras el agua avisa
El mecanismo de fondo es un círculo vicioso: a mayor temperatura de los océanos, más calentamiento de la atmósfera, y al revés. Tener océanos cálidos supone mantener calor en el sistema terrestre, porque ese calor oceánico tiene que salir al aire y lo hace muy lentamente. De ahí la advertencia que más incomoda: aunque se cerrara el grifo de las emisiones, el calor ya acumulado en el agua mantendría las condiciones de calentamiento durante décadas.
Con ese horizonte, el episodio del Atlántico Norte deja de ser una anécdota de medio grado y pasa a ser una señal que puede repetirse cada temporada. ¿Cuántos veranos, cuántos récords y cuántos mapas naranjas hacen falta para que la próxima anomalía deje de discutirse y empiece a contarse?