El gesto de Mollejo: una ordinariez, una sanción o una caza de brujas
Un periodista de la Cadena SER llamó «machirulo y machista» al gesto con el que el futbolista
Víctor Mollejo se agarró los testículos al celebrar algo en el campo, y en pocos minutos el asunto dejó de ser una anécdota de vestuario. La federación estudia sancionar la celebración —o al menos así lo cuentan quienes siguen el caso—, y el club habría empujado al jugador a pedir perdón. La pregunta de fondo ya no es si el gesto es elegante. Es si un comentario radiofónico puede convertirlo en expediente.
¿Qué hizo Mollejo y por qué se llama machista?
La escena es de las que se ven cada jornada: un jugador se lleva la mano a la entrepierna para celebrar algo y lo que hace, en el lenguaje del vestuario, es un gesto de afirmación. Sobre ese detalle cayó la etiqueta. El periodista lo calificó en directo de
machirulo y machista, y el término prendió porque venía del altavoz adecuado. En un deporte donde se celebran mil cosas con las manos, esa concreta pasó a ser un problema.
El segundo acto llegó rápido. Se habla de sanción federativa y de un perdón exigido desde arriba, según se sostiene en la propia discusión. Ahí es donde muchos dejaron de discutir sobre el gesto y empezaron a discutir sobre quién manda. Porque lo llamativo no fue el detalle, sino la maquinaria que se puso en marcha por un detalle.
Masculino no es lo mismo que machista
El argumento que domina en la conversación es de precisión de idioma:
un gesto masculino no es automáticamente un gesto machista. Se sostiene que «No es un gesto machista, es masculino, que no es lo mismo», y que equiparar ambos términos abre una puerta peligrosa. Si masculino y machista son sinónimos, cualquier cosa que haga un hombre puede juzgarse como agresión.
La idea tiene su lógica y su trampa. Nadie defiende el gesto como bonito, y buena parte de la discusión admite que es una ordinariez. La discrepancia está en el salto siguiente: de ordinariez a delito. Quien lo da, convierte una cuestión de gusto en una cuestión de derecho. Y con ese criterio, media grada tendría que pasar por comisaría.
El doble rasero: pecho reivindicativo, genitales sancionables
Aparece entonces la comparación incómoda. Se recuerda que exhibir el pecho en otro contexto se ha presentado como gesto de libertad, mientras agarrarse los genitales se lee como agresión. Esa asimetría es la que más ampollas levanta: dos gestos de exhibición, dos lecturas opuestas. Hay quien lo resume con ironía y quien lo considera, directamente, la prueba del sesgo.
El contraargumento es que no todo símbolo pesa igual, y que hay corpúsculos que históricamente han servido para humillar. Puede ser. Pero un gesto hecho en un partido masculino, sin destinatario femenino delante, no encaja bien en ese molde. La discusión se atasca exactamente aquí, en si el significado lo pone quien lo hace o quien lo mira.
¿Puede la federación sancionar un gesto de celebración?
Nadie discute que un organismo pueda tener un código disciplinario. La duda es si el código llega hasta aquí o si se estira para llegar. Sancionar una celebración es terreno resbaladizo: si el criterio es que molesta, cualquier gesto cabe dentro. Y no hace falta recordar que el
fútbol vive de gestos.
En el trasfondo hay un negocio. Los jugadores son el producto, y meterlos en un expediente por un detalle de vestuario no le sale gratis a nadie. La reacción airada no viene solo de aficionados: viene de quien ve en cada sanción de este tipo una señal de que el arbitraje simbólico lo dictan las redacciones. Hasta dónde llegará el expediente nadie lo sabe, y quien diga que lo sabe, miente.
Los calvos, el eslabón perdido
Y en medio de todo, un giro involuntario. Luis Rubiales publicó un mensaje de apoyo con la frase
«calvos y con un par», y media concurrencia aprovechó para reivindicarse como minoría oprimida. La broma sobre la calvicie —con la anécdota de quien se quedó sin pelo antes de cumplir la mayoría de edad— circuló más rápido que cualquier análisis serio.
Ese desvío dice bastante del asunto: cuando un debate se hincha tanto, acaba por reventar en chiste. Es la válvula de escape de algo que nadie termina de cerrar.
Dónde se atasca todo esto
El problema real no es Mollejo ni el gesto concreto. Es que no existe una frontera compartida entre lo que ofende y lo que se castiga. Mientras esa frontera la dibuje cada uno a su gusto —el periodista en directo, el club por la mañana, la federación cuando toque—, habrá jugador que celebre con miedo y micrófono que celebre el escándalo. La conversación se quedó justo ahí: en saber quién decide, sin que nadie haya respondido aún quién debería.