Cerveza a 3€ y cóctel a 9€ en el bar de Pablo Iglesias
La carta de la taberna que el exvicepresidente del Gobierno ha inaugurado en Madrid ya circula por internet y no ha tardado en convertirse en el objeto de escarnio más rentable de la semana. Los precios son los siguientes:
todos los cócteles a 9 euros, las cervezas a 3, los entrantes entre 7 y 11 y los principales entre 10 y 12. Ni un solo plato por debajo de los 7 euros. En un local que se presenta como taberna y que homenajea a Durruti con un cóctel, la aritmética no cuadra con el relato.
El primer cálculo que circula es el de la cerveza. Producir un litro embarrilado cuesta alrededor de
0,70 euros y el precio habitual de venta en un brewpub oscila entre 6 y 12 euros el litro. Servirla a 3 euros la caña deja un margen que, según ese mismo cálculo, supera el 90% sobre coste. La conclusión que se extrae de ahí es tan rápida como discutible: si el producto cuesta menos del 10% de lo que se cobra, alguien está forrándose. La cuenta ignora personal, alquiler, licencias, mermas y el resto de la estructura, pero la cifra desnuda tiene gancho.
¿Es caro comer en Madrid por 12 euros?
La respuesta depende de con quién se compare. Hay quien sostiene que 10 o 12 euros por un principal en Madrid es directamente barato y que quien se queja es que está tieso. Enfrente, el argumento de que la taberna se publicita como espacio del proletariado y luego cobra como cualquier franquicia del centro. La cita que resume esa tensión es la de Kautsky: «Las tabernas son el último bastión de la libertad del proletariado». Alguien añade que, en este caso, habría que enmendar la cita: algunas tabernas lo son, esta no, con cervezas a 3 euros.
El local no paga renta, según uno de los análisis que circulan. Si eso es cierto, los precios no cubren gastos ni de coña y el negocio funciona como tapadera. La sospecha del blanqueo aparece varias veces, sin prueba alguna, como aparece siempre en cualquier negocio con dueño famoso y caja opaca. Otra corriente apunta a lo contrario: que los precios son de mercado, que la zona manda y que si lo montara alguien de derechas no habría tanto rasgado de vestiduras.
El público que va y el que no va
La clientela que se espera no es la del barrio. Se describe como burguesía acomodada, gente que saca a cenar un día y no vuelve, y curiosos que van a hacerse la foto para redes. La predicción más repetida es que en un mes, cuando pase el efecto novedad, el local cierre. La contraria: que aguante precisamente porque no depende del perroflauta de litrona y porro en el parque, sino del remero que un día invita.
El debate se ha desplazado también a los empleados. ¿Cobran 3.000 euros al mes y jornadas exactas de 8 horas? ¿O son 50 euros la hora y 20 horas semanales? Nadie aporta nómina. La pregunta queda flotando como munición retórica: si el bar es de la gente, debería notarse en la nómina, no solo en el eslogan.
El punto exacto donde el análisis se atasca es el de siempre: nadie ha visto la cuenta de resultados, nadie ha visto las nóminas y nadie ha visto el contrato de alquiler. Solo la carta. Y con la carta, en Madrid, se puede defender cualquier cosa.