Rusia y China y la guerra nuclear como única salida
La tesis que recorre estos días el análisis geopolítico más incómodo es sencilla y aterradora: Moscú y Pekín habrían llegado a la conclusión de que la guerra nuclear es la única salida. No es una filtración de un servicio de inteligencia ni un informe del Pentágono. Es la lectura que, según un forero, se impone en los círculos donde se sigue el pulso entre bloques desde hace años, y que estos días ha cristalizado en un diagnóstico sin anestesia: el mundo anglosajón y globalista no se detendrá, y a los demás solo les queda la carta atómica.
El punto de partida es una secuencia de agravios que arranca mucho antes de Ucrania.
2009 y la gripe A como primer engaño masivo.
2011 y el bulo de Gadafi bombardeando manifestantes desde aviones de combate, que según ese relato costó cientos de miles de muertos y un descontrol migratorio que no afecta a EEUU, Israel, Australia o Reino Unido.
2014 y la matanza de Odesa, con 43 personas carbonizadas y más de un centenar de muertos, seguida en directo por quienes vieron cómo se remataba a la gente. Ese día, para muchos, fue el punto de no retorno.
El precedente de Odesa y el fin de la prensa libre
Lo ocurrido en Odesa en 2014 funciona como acta fundacional de la desconfianza actual.
43 personas murieron carbonizadas, decenas desaparecieron y otras tantas fallecieron después, según el relato que se consolidó en los círculos críticos con la versión oficial. La mayoría de los medios occidentales, en cambio, ofreció una versión diferente. Solo algunos blogs minoritarios y un puñado de cabeceras periféricas se salieron del guion.
A partir de ahí, el diagnóstico es que la unanimidad se volvió norma. De
2014 a 2020 se consolidaron los verificadores de datos en todo el mundo y, con ellos, una coincidencia casi perfecta entre el medio más de derechas y el más de izquierdas en cualquier asunto internacional. No importa el país. El espectro se estrecha hasta desaparecer.
El poder de las grandes tecnológicas y la censura selectiva
El argumento de que una empresa privada puede hacer lo que quiera con su plataforma se cae por su propio peso cuando se examina lo ocurrido con la suspensión de cuentas y el bloqueo de servicios. La presión no se limitó a cerrar perfiles: se amenazó a proveedores de servidores y de infraestructura para que nadie alojara a los señalados.
Búscate otra red social era una falacia, porque el ecosistema entero estaba cercado.
El episodio canadiense, con el bloqueo de fondos a los manifestantes, se cita como prueba de que la represión financiera selectiva no es patrimonio de regímenes autoritarios lejanos. En paralelo, la comparación con Rusia resulta reveladora: allí se multó con
250 euros a una persona que interrumpió un telediario en plena guerra. La pregunta que flota es qué habría pasado en Occidente en un escenario equivalente.
¿Por qué se habla ahora de guerra nuclear?
Porque la percepción dominante es que EEUU no tiene miedo a la escalada, mientras que Londres sí. La salida británica de la Unión Europea se lee en clave de anticipación: dos meses después de hacerse efectivo el Brexit, Reino Unido anunció que retiraba el límite a las cabezas nucleares que podía poseer. La gente se preguntaba por qué. Ahora, años después, el gesto encaja.
El cálculo que se maneja en estos círculos es que Washington empujará a Ucrania hasta el final para acabar con Putin y con Rusia, sin temer las consecuencias. La disuasión nuclear rusa se interpreta como un aviso a navegantes, un as en la manga para que no se muerda demasiado. Y China, en esta lectura, no tiene ni el arsenal ni la voluntad de jugar esa carta: su interés es vender, no morir.
China, el dólar y la trampa de la dependencia
Sobre Pekín pesa un diagnóstico doble. Una parte del análisis sostiene que los dirigentes chinos ven a los occidentales como clientes, no como rivales existenciales, y que por eso no contemplan el uso del arsenal nuclear. Otra corriente, más dura, responde que si China imita a Rusia acabará perdiendo también su soberanía, y que su capacidad atómica es muy inferior a la rusa, lo que la haría más fácil de contener.
El trasfondo económico es la obediencia al dólar. Mientras el planeta hinca la rodilla ante la divisa estadounidense, se argumenta, el capitalismo radical que impone Washington se reproduce sin freno. La élite financiera norteamericana habría conseguido que rusos y chinos sean, en la práctica, corruptos enfermos de dólares. De ahí el triunfo global de según qué relatos y de según qué políticas.
La conclusión que se impone en este análisis es que EEUU morirá matando, sentado sobre un montón de billetes verdes que cualquier día no valdrán ni para limpiarse. La predicción, con todas las reservas del mundo, es que la escalada seguirá mientras nadie ponga un precio real a la carta nuclear. Y que si alguien lo hace, ya será tarde.