Diez perros de caza cuestan más de 1.000 euros al mes
Diez perros de caza no son una afición. Son una plantilla. Quien dice tener cuatro dóberman europeos —dos de ellos en el extranjero—, dos podencos portugueses, dos grifones nivernais, un alano español y un pekinés calcula que mantenerlos se come
más de 1.000 euros al mes y reconoce, sin rodeos, que jamás ha echado la cuenta. A eso se suman
dos personas contratadas para el cuidado diario. El relato, sostenido durante casi tres años, ha generado una cascada de respuestas donde conviven las bromas escatológicas, las dudas legítimas sobre el coste y alguna descalificación gratuita.
Diez perros, dos cuidadores y una azotea de 400 metros
El reparto no es casual. Dos de los dóberman montan guardia día y noche alrededor de la casa, de modo que su paseo es el propio trabajo. Otros dos están destacados en una azotea de
400 metros cuadrados con terraza aneja de otros 200, espacio que su dueño considera suficiente para que se muevan «a sus anchas». Los podencos, los grifones y el alano disponen de cientos de hectáreas. El pekinés, en cambio, tiene arenero propio.
Ahí aparece el primer punto espinoso:
¿y quién recoge? Respuesta del propietario: él, ninguno. El pekinés deja sus necesidades en un arenero del que se ocupa el casero; los dóberman de la azotea tienen otro, atendido por un trabajador al que ha entregado una pala. La jauría que campa por el campo elige además un punto fijo y siempre vuelve a él. La lógica económica es clara: si el coste de recoger es cero para el dueño, el problema se desplaza al asalariado.
¿Cuánto cuesta mantener diez perros al mes?
La cifra no está cerrada y ese es el dato. El propietario admite que nunca ha hecho el cálculo —«lo cual está muy mal por mi parte y más teniendo en cuenta mi profesión»—, pero apunta a
más de 1.000 euros mensuales una vez prorrateados los gastos anuales. El detalle fino, con las partidas repartidas mes a mes, sigue sin aparecer.
Con diez animales de tamaño medio y grande, dos empleados y cuatro perros ocupando superficie construida en dos propiedades distintas, el capítulo de gasto doméstico deja de ser una afición para convertirse en una estructura de costes. Una estructura, además, que no se puede desmontar de un día para otro.
El alano español, una raza que estuvo al borde de la desaparición
El perro más singular del conjunto no es el más caro de mantener, pero sí el más difícil de conseguir. El alano español, se explica, estuvo casi extinguido por culpa de las cruzas sucesivas, que le hicieron perder buena parte de sus características. Es un animal de mucho carácter y de un solo amo: sirve para la guardia de propiedades, el agarre en caza mayor y el pastoreo, y resulta complicado que acepte a un segundo dueño si el primero muere. En las crónicas de los conquistadores, junto al perro aparece siempre el nombre de su amo. El suyo llegó apenas destetado, cambiado por una grifona, y lo crió durante algo más de un año. Quien se lo plantee, advierte, debe comprobar antes el linaje y, sobre todo, si está en condiciones de ser su dueño.
¿Se pueden cortar las orejas a un perro?
La respuesta que se dio fue tajante: no. Se considera mutilación y no se practica ni bajo anestesia administrada por un veterinario. La castración, en cambio, no plantea ese problema y se ejecuta sin mayores obstáculos. El matiz importa porque toca la estética tradicional de razas como el dóberman, asociada durante décadas a las orejas erguidas: el perro puede quedarse con sus orejas y, aun así, pasar por quirófano.
El instinto del perro de caza: de la liebre al yorkshire del vecino
Podencos y galgos tienen fama de tranquilos hasta que aparece una pieza pequeña. En el parque pueden tomar a un perro minúsculo por un conejo, porque el instinto manda y el resultado puede ser fatal. Un conocido de otro dueño vio cómo un braco alemán atacaba a su yorkshire y le perforaba los pulmones; el animal sobrevivió y ahí sigue. En casa, en cambio, los perros de muestra suelen desconectar si han tenido sus horas de campo. Los bracos, se apunta, tienen buena nariz para la caza menor y son aptos para un piso siempre que el dueño les dé un par de horas diarias de desfogue. Hay quien sostiene que un mestizo es más listo; el matiz que se opone es que su instinto cazador es fortísimo y eso explica tanto la obsesión como la aparente desconexión.
Diez perros y una defensa a contracorriente
Buena parte de las réplicas no fueron al coste, sino a la persona. Hubo quien pidió fotos, quien ironizó sobre la cantidad de bolsas de plástico necesarias, quien calificó la situación directamente de trastorno y quien recordó que un animal no elige a su dueño ni puede marcharse si no le gusta cómo vive. Argumentos dispares. La respuesta del propietario se apoya en el espacio disponible, en los dos cuidadores pagados y en un detalle doméstico: el pekinés, aparentemente el más conflictivo de la casa, es en realidad de su madre.
Con más de 1.000 euros al mes sobre la mesa, dos sueldos en paralelo y una decena de animales repartidos entre casa, azotea y monte, lo lógico sería que la cuenta desglosada acabara apareciendo. Nadie la ha hecho. Mientras no exista, el número seguirá siendo una estimación de su dueño y no un dato. Y la cifra real, si llega, puede mover más de una de las posturas que hoy se dan por cerradas.