Palizas grupales: la condena no llega a todos los que golpean
El 2 de junio de 2022, Ethan Liming, de 17 años, moría junto a la LeBron James Promise School, en Akron (Ohio), después de una agresión en grupo. El informe forense difundido del caso describe cuello roto, traumatismo craneal por objeto contundente y la huella de un zapato sobre el cuerpo.
Tres detenidos, de 21 y 17 años. Lo que se discute alrededor de este y de otros episodios parecidos no son los hechos, sino una pregunta que incomoda: por qué una paliza cometida entre varios acaba con menos condenas que autores hubo.
Y ahí está el nervio. No es un problema local. Es técnica jurídica: quién responde cuando el golpe que mata lo da una sola persona, pero el resto sujeta, empuja o patea.
Qué dice la doctrina de coautoría en los delitos cometidos en grupo
En los delitos sexuales en grupo, según sostiene un participante, la regla es implacable: todos responden como coautores de lo que hacen los demás. Cuatro implicados, seis años para cada uno, y la suma se reparte entre todos:
24 años de cárcel en conjunto. Quien sujeta, quien vigila y quien jalea forman parte del mismo acto. No hay un autor principal que se lleve la pena y un coro que salga
de rositas.
Trasladada a una paliza, la cosa debería funcionar igual. No funciona igual, sostienen quienes siguen estos procesos. Se persigue al que dio la patada mortal y el resto negocia su salida con penas menores, cuando no con la
puerta abierta. Que la vida humana pese menos que la libertad sexual a la hora de repartir responsabilidades es, en ese relato, una provocación y no una frase vacía.
Hay explicaciones técnicas. Determinar quién golpeó qué en una refriega de segundos es complicado, y la carga de la prueba recae en quien acusa. Hay otras menos amables: cerrar el caso rápido con un culpable identificable resulta más barato que abrir un proceso largo contra seis o diez personas. La estadística de agresores condenados frente a agresores identificados, sencillamente, no existe.
¿Por qué una agresión sexual en grupo se castiga más que un homicidio en grupo?
Porque la ley considera autores a todos en el primer caso y, en la práctica, busca al del golpe decisivo en el segundo. Ese contraste recorre los episodios que se citan. La coautoría existe en los códigos, pero se activa con fuerza cuando el bien jurídico es la libertad sexual y se diluye cuando el resultado es la muerte.
Ahí aparece la palabra que da nombre al fenómeno:
manada. Es un concepto jurídico, no un insulto. Cuando se aplica, cae sobre todos los que participaron. Cuando no se aplica, cada cual sale por su lado y el cadáver se queda con una sola condena a cuestas.
Qué es la anulación del jurado y por qué aparece en estos casos
La anulación del jurado —
jury nullification— es el mecanismo por el que un jurado absuelve aunque las pruebas acrediten la participación del acusado. No hay error procesal ni prueba rota: hay una decisión de no condenar.
Y un veredicto absolutorio no se recurre. El caso se cierra y nadie responde.
Se sostiene que la defensa busca perfiles que compartan los recelos del acusado antes que perfiles imparciales. Si eso ocurre, la absolución deja de ser una anomalía y se convierte en método. El matiz importa: la jurisprudencia la construyen los tribunales superiores, no los jurados. Una absolución no obliga a nadie en el futuro. Deja un mensaje, no una norma.
Los casos que se acumulan: de Ohio a Mallorca
El de Liming no es el único. Se citan agresiones filmadas en las que un hombre es empujado por una escalera de hormigón y después atacado por cinco personas más. Un partido de hockey sobre hielo que termina con un jugador fallecido y sin castigo, según el relato que circula. Y en España, un episodio en el paseo marítimo de Palma: un empresario que bailó con una mujer de una comunidad apartada recibió una paliza con patadas en la cabeza y el pecho. La primera versión policial culpó a los ciclistas que lo reanimaron. Eran los que intentaban salvarle.
Ese detalle —el de la versión inicial apuntando a quien auxilia— inquieta más que el propio golpe. No solo el hecho, sino la facilidad con la que se construye un relato alternativo antes de que hable el forense.
Junto a los casos, la conversación arrastra generalizaciones sobre colectivos que ninguna serie de datos respalda. Cuando el material se reduce a titulares y capturas de pantalla, la conclusión la escribe el prejuicio de cada cual.
Aquí el análisis se atasca, y no por falta de casos. Comparar penas entre países es posible; comparar lo que pasa dentro de una sala, con jurados de composición distinta y fiscales con cargas de trabajo distintas, no lo es. Sin un registro homogéneo de cuántos agresores participan en cada paliza y cuántos acaban condenados, seguiremos midiendo el problema con los episodios más brutales, los que llegan a los titulares. Los peores, precisamente, para sacar conclusiones.