El despido silencioso ya no es excepción: es técnica de gestión
El
despido silencioso ya no es un caso aislado de jefe mezquino: es una técnica de gestión. El
57% de los trabajadores españoles ha vivido en los últimos tres años alguna de las situaciones con las que una
empresa empuja a la baja voluntaria cuando quiere prescindir de alguien sin pagar indemnización. Lo cuantifica el último informe de
Infojobs, y la tasa ha ido a más desde 2020, cuando la maniobra empezó a normalizarse.
El mecanismo casi nunca se anuncia. Se convierte la vida del empleado en un goteo de incomodidades hasta que sea él quien rompa la cuerda. Y, según relatan quienes lo han vivido, surte efecto. Entre quienes lo reconocen, un
25% se encontró de repente y sin justificación con más carga de trabajo; un
24% vive un estancamiento laboral del que no sale; y un
20% dejó de recibir valoraciones positivas aunque seguía cumpliendo objetivos. Nada de eso es un despido. Todo eso es presión.
Del despacho sin tareas a la oferta envenenada
Cuando lo que se busca es la salida y no el rendimiento, el repertorio se amplía. Se relata el caso de quien pasó catorce meses en un despacho sin una sola tarea asignada, matando el tiempo con una consola portátil mientras sumaba antigüedad. Y el de empresas que prefieren el disfraz de la oportunidad: se describe el caso de una compañía que creó una sociedad paralela para lanzar ofertas a medida de los perfiles que quería echar. Aceptaron, dimitieron y a las semanas estaban en la calle, todavía en periodo de prueba.
Otras veces el juego es directamente sucio. Se relata el caso de un trabajador al que apareció una sustancia estupefaciente sobre su mesa en plena tensión por una indemnización; la cogió, se plantó en el departamento de personal y obligó a llamar a la policía. Y el de quien, según su propio relato, tuvo a un detective privado esperándole cada mañana en la puerta de casa. El objetivo era el mismo: que se fuera por su propio pie, sin coste para la empresa.
Trabajo silencioso contra despido silencioso
La respuesta más repetida no tiene nada de heroica. Bajar el ritmo hasta que el sueldo deje de compensar para la empresa. Cumplir objetivos, pero sin regalar un minuto. Que sea el empleador quien tenga que documentar y demostrar. También aparece la vía colectiva: estar en el comité de empresa, ser enlace sindical o convertirse en un empleado incómodo de despedir cambia el cálculo del jefe. La receta que describe un veterano es puro pragmatismo: mínimo esfuerzo, seguir sumando años y esperar a que la cifra del finiquito sea lo bastante alta para negociar una salida pactada.
El marco general ayuda a entender el giro. Quienes participan en el debate hablan de que de la
gran renuncia que se anunciaba tras la pandemia se ha pasado a una guerra de desgaste. Como resume un forero, los que aguantan no son los mejores: son los que saben dónde están sus líneas rojas.
¿Cuánto cuesta realmente echar a alguien?
Aquí está el hueso del asunto. Hay quien sostiene que, para que la indemnización sea realmente gorda, hay que llevar media vida en la empresa y que, para una compañía grande, esa cantidad es calderilla. Y se apunta que se extiende encadenar contratos mes a mes para que nadie acumule antigüedad y todo lo variable se diluya en el sueldo. La propuesta que más ampollas levanta es la mochila austríaca: hay quien avisa de que, mientras no se trate de cantidades decentes, no cambiará nada, y de que su puesta en marcha obligaría a las empresas a cotizar sí o sí.
Queda la vía judicial, la que, según se cuenta, casi nadie transita. Quien sostiene haber aguantado hasta el final afirma que, además de la indemnización, se puede pelear un extra por acoso moral y una baja por ansiedad, y que en el acto de conciliación los mandos superiores suelen dejar tirado al jefe que ejecutó la maniobra.
La baja por depresión y el filtro de las mutuas
Cuando el desgaste pasa factura, la salud entra en juego. La baja psicológica aparece en la conversación como salida y como trampa a la vez. Según relatan quienes han pasado por ello, la mutua llama a revisión y, si la baja se alarga, presiona e informa a la Seguridad Social de que el trabajador ya es apto para el alta. Hay quien cuenta que su propio médico de cabecera le advirtió de que podían forzarle el alta. Una baja no es una victoria: es una tregua con fecha de caducidad.
Con estas piezas, lo razonable sería esperar un trasvase masivo hacia empresas que traten mejor. No hay señales de que esté ocurriendo. Mientras la indemnización siga atada a la antigüedad y el mercado premie al que aguanta, el despido silencioso tiene cuerda para rato, salvo que alguien decida cambiar de verdad cómo se calcula lo que cuesta una salida.