Boomers contra la izquierda: la pelea por la bandera
El diagnóstico es brutal y, por lo tanto, hace fortuna: España está condenada porque una parte de su población odia sus símbolos, su historia y su propia bandera. El señalamiento no se detiene en el ciudadano anónimo; apunta a los boomers y su supuesta vergüenza patriótica, criada entre la Transición y la tele de los noventa. Esa generación que, según la acusación, llenó el retrovisor de banderitas y la boca de críticas hacia quien no se descubre ante la enseña.
El retrato del enemigo: de la bandera a los pisos
No hay cifras oficiales para medir el odio a la propia nación; la contienda se mueve en el terreno del agravio. Sin papel timbrado, se dibuja al boomer de los 90 con dos hijos que tres décadas después acumulaba cuatro viviendas e ingresos de 8.000 euros mensuales. Es el retrato robot del traidor: el que repudia el país que le permitió prosperar. El estereotipo es burdo, pero describe un resentimiento real.
El giro retórico: cambiar 'boomer' por 'izquierda'
Un simple cambio de etiqueta resuelve el enigma para la corriente contraria. Sustituya 'boomer' por 'izquierda' y el diagnóstico se mantiene: el verdadero cáncer sería la izquierda, los independentistas y los partidos que los sostienen. En esta lectura, el que odia España no es el veterano acomodado sino el heredero de la tradición comunista. Ambas partes coinciden al menos en una cosa: ningún particular debería ser increpado por exhibir una banderita en la muñeca o el retrovisor.
El fondo del problema no es el patriotismo, sino el espejo: cada cual ve en el otro la caricatura de sus propios miedos. Mientras siga siendo más rentable buscar un culpable que un diagnóstico, la guerra por la bandera no admite armisticio.