Menos de 300.000 nacimientos al año: el mito de los remeros
España cerró 2023 con
menos de 300.000 nacimientos, el dato más bajo del que hay constancia, y ese mínimo histórico convive con una población de
48 millones de habitantes. Sobre esa foto se monta la pregunta incómoda: si cada vez nacen menos españoles y el sistema necesita contribuyentes, ¿quién sostiene las pensiones y los servicios públicos? La respuesta automática ha sido siempre la misma —traer trabajadores— y ahí empieza el choque. El aviso va más allá de lo económico: si el relevo demográfico llega vía migración, la mezcla acaba sentándose a la mesa de casa.
¿De verdad hacen falta remeros?
El primero en caer es el propio concepto de remero. Con la automatización, la digitalización y el auge de la robótica y la inteligencia artificial, se sostiene que cada vez hacen falta menos manos para el mismo trabajo: lo que antes sacaban cien personas, ahora lo sacan diez. Desde esa posición se recuerda que sobran candidatos y que ese exceso —no la falta— explica buena parte del desempleo estructural. Añaden un matiz que incomoda a los dos bandos: si la tecnología destruye empleo, no se puede defender a la vez que hay escasez de trabajadores. Las dos cosas no caben en el mismo argumentario.
Japón y China bajan la natalidad sin traer remeros
Hay un experimento natural a la vista. Japón y China pierden población y arrastran natalidad baja desde hace años, y siguen siendo la segunda y la tercera potencia mundial. Los porcentajes de población inmigrante que se manejan en esta conversación son elocuentes:
China, un 0,07%; Japón, un 2,2%; España, un 14,4%. Japón mantiene sus servicios públicos con una cuota migratoria mínima. De ahí la sospecha que se lanza: que la ecuación «menos población = colapso» funciona más como dogma que como pronóstico. Y un detalle de color: obtener la nacionalidad china o japonesa es tan difícil que ni con hijos nacidos allí se resuelve.
El sistema de pensiones como esquema Ponzi
Otra línea del análisis apunta a la arquitectura del sistema, no a la demografía. Se argumenta que una sociedad que ha delegado en el Estado funciones que antes cubría la
familia necesita una base de cotizantes cada vez más ancha para financiar gastos crecientes; de ahí que la natalidad y la inmigración se traten como una cuestión de caja. Quien defiende ese enfoque sostiene que si cada cual pagara lo suyo, no haría falta traer a nadie para sostener a los demás. La conclusión es sombría: el problema no sería la llegada de personas, sino un modelo que convierte cada nacimiento o cada llegada en una cuota pendiente.
¿Por qué la integración no termina de funcionar?
El siguiente frente es cultural. Hay quien describe comunidades enteras asentadas durante años sin adoptar nada del entorno: barrios donde no se sabe qué pasa en la ciudad, ni interesa. Se afirma que eso no ocurre con un caso aislado, sino con el fenómeno en conjunto, y se compara con países construidos por inmigrantes, donde la cohesión se logra por una cultura común compartida que aquí no existe. La contrarréplica es que los proyectos migratorios que funcionan sí se integran, y que generalizar por el peor caso es trampa estadística. Ambas partes coinciden en una cosa: la convivencia falla cuando no hay mezcla real.
El cálculo que descoloca: 300.000 nacimientos frente a 48 millones
Aquí los números se ponen interesantes. Un cálculo que circula multiplica los
300.000 nacimientos anuales por la esperanza de vida media en España,
82 años, y el resultado queda por debajo de los
25 millones de habitantes, frente a los 48 millones actuales. La brecha, si el ritmo no cambia, la cubre quien venga de fuera. Eso conecta directamente con la tesis de partida: la mezcla no es una hipótesis ideológica, es aritmética. Basta con echar cuentas de cuántas generaciones hacen falta para que ese hueco se note en cualquier apellido.
¿Qué hará quien lleva años criticándolo?
La pregunta personal es el verdadero nudo. Una parte de la conversación admite que lo tiene asumido, que la pareja de sus hijos la elegirán ellos y que solo cabe educar para que detecten las señales —machismo, vagancia, intereses ocultos— vengan de donde vengan. Otra parte responde con un no rotundo: se educa en casa, se transmite el criterio y la descendencia con determinados perfiles, dicen, no se contempla. Entre los dos extremos se cuela una obviedad que nadie discute: los hijos deciden con quién se enamoran, y eso no lo controla ni el Estado ni el padre más previsor.
Queda flotando una pregunta que ninguna de las partes responde con comodidad. Si la natalidad sigue por debajo de los 300.000, la automatización elimina puestos y el sistema exige cotizantes, ¿de dónde sale la gente que sostenga el castillo: de la cuna, de la frontera o del algoritmo? Y en casa, cuando el apellido de la familia cambie de acento, ¿se cumple el pronóstico o se rompe el criterio?